El enorme deseo que determina nuestra vida.

laitman_2009-08_2577[1]Toda nuestra naturaleza está hecha del deseo de disfrutar, y este deseo se quedará para siempre con nosotros. Sin embargo, el deseo mismo contiene muchas partes contrastantes que son distintas y desconectadas entre sí.

Sería lo mismo que intentar comparar ciertas funciones del cuerpo humano, como las del hígado al corazón, el cerebro a los riñones ya que cada uno tiene sus propias células, que son distintas a las de los demás. De hecho, si transplantáramos parte de un órgano a otro, se envenenaría, dándole muerte;  hasta ese punto son diferentes y extraños entre sí. Pero su trabajo común, juntos en armonía, con la misma meta, les une en un único cuerpo.

Y no es diferente lo que leemos sobre los sistemas espirituales dentro del cuerpo del alma. Las funciones o cualidades de Job, el faraón, Israel, Abraham, etc., nos parecen contradictorios. Sin embargo, no podemos destruir ni una sola cualidad. Solo hay que ensamblarlas correctamente para que queden al final incluidas en una intención de amor y otorgamiento, que es para el Creador.

Lo que es más, hay un lugar para todos y cada uno de los deseos, hasta los “negativos” como serían el Faraón, Job, Bilam, Balak e incluso Amalek (el deseo más grande para recibir para mí mismo). No hay un solo deseo que no se conecta a esta única intención de otorgamiento. Los deseos seguirán siendo distintos, pero al final, nadie notará la diferencia. Efectivamente, todas las partes del sistema van a trabajar en armonía, interconectados y unidos con la aspiración de volverse semejantes al Creador.

Volverse semejante al Creador significa, duplicar el sistema que nos muestra como ejemplo el Libro del Zóhar. Es lo mismo que cuando enseñamos a un niño con el ejemplo, la forma en que debe comportarse en este mundo al mismo tiempo que él intenta emularlo. Así tenemos que desear desarrollar nuestro deseo de entender cómo unir todos nuestros deseos, intenciones, pensamientos al sistema en el sistema sobre el que leemos en El Libro Zohar.

Por ahora entendemos muy poco de este sistema, como el bebé que con dificultad entiende a su madre, sin embargo se esfuerza en saber. Y aunque es extremadamente para el bebé, puesto que aún no entiende el lenguaje hablado, el corporal, el mundo en el que vive y nada en absoluto, sin embargo, se esfuerza tremendamente. Imaginen que estamos en el lugar del bebé; es exactamente el mismo estado que nos describe el El Libro del Zohar.

Nos encontramos ante adultos (los cabalistas) quienes nos hablan sobre un mundo, que nosotros no conocemos o entendemos. Pero existe una diferencia crítica entre un bebé de este mundo y nosotros, como bebés en el mundo espiritual, y esa es el instinto natural e innato de un bebé por alcanzar el mundo Es un deseo enorme por alcanzar, que determina toda la vida del infante, mientras que nosotros debemos crear este mismo enorme deseo por alcanzar el mundo espiritual dentro de nosotros, absorbiendo este deseo de nuestro ambiente. Por consiguiente, el ambiente funciona como los órganos del mismo cuerpo, que son las partículas de nuestra propia alma que unimos y anexamos a nosotros, para poder alcanzar todo este sistema.

(Extracto de la lección sobre El Libro del Zóhar correspondiente al 17 de enero 2010)

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