No soy un tornillo de la máquina, sino una célula en un organismo vivo

laitman_2008-12-18_shest_w[1]Imagínense cómo se siente cada célula y cada órgano del cuerpo en el organismo. Están fielmente ocupados con su trabajo particular. Toda su vida depende cien por ciento de los demás órganos, de los que recibe todo lo que necesita. Todo su trabajo está dirigido a mantenerlos con vida. De lo contrario, no recibiría la fuerza vital de ellos. Y así no podrían participar juntos en la vida común del cuerpo, que les adjunta la fuerza general del Creador, de Quien les llega la luz y la vida.

Yo siento que me encuentro en este sistema. Todo el universo, todo el mundo es un único sistema común. Veo todas sus conexiones internas. Siento cómo todos están unidos en este sistema uno con el otro, dependiendo uno del otro y cumpliendo cada uno su función. Por eso,  me queda claro que no hay separación entre yo y los demás.

Si fuera un sistema cerrado, autosuficiente, todo terminaría de este modo. Pero en éste, todo el tiempo se revelan nuevas deficiencias, correcciones, roturas; o en algún sitio algo se activa o en el otro. El egoísmo crece. Por eso, me encuentro todo el tiempo con temor.

Por otro lado, puedo sobrepasar mi miedo si yo mismo avanzo y reúno las fuerzas, las nuevas cualidades.  Entonces, no temo lo que se me descubre y me alegro de la posibilidad de hacer inmediatamente las correcciones e inyectar todavía más vida en el sistema común, percibiendo que con ello le traigo todavía más placer al Creador.

(Extracto de la lección sobre El libro del Zóhar, correspondiente al 15 de febrero 2010).

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