¿Dónde comienza el ser humano?

Cada persona experimenta su deseo individual que trata de llenar. Hay personas que se resisten a los deseos, pero ellas también están gobernadas por el Creador. Él es quien efectúa todos los movimientos, como con las figuras de un tablero de ajedrez. 

 No tenemos libre albedrío, por lo que no tiene caso etiquetar a una persona como buena o mala. Y no se deben esperar ni consecuencias o retroalimentación con respecto a las acciones: ni el cielo, ni el infierno, ni cualquier otra cosa. Está escrito en El Libro del Zohar, “Todos nosotros somos como animales”.

En verdad, ¿en dónde se encuentra tu libre albedrío? Si tienes la ilusión de que ahí está, se debe a que claramente no te das cuenta de lo que quieres. El Creador con toda intención introduce en ti tales instrucciones, determinadas señales de control, que crean la ilusión de acciones libres, y nada más. Por consiguiente, realizar que “no hay nadie más aparte de Él” es darse cuenta que somos antes que nada ruedas dentadas dentro de un inmenso mecanismo.

¿Dónde pues comienza el ser humano? El ser humano comienza con el libre albedrío. Y para lograrlo debe evolucionar para conseguirlo. Es debido a esto que al principio, en el transcurso de los milenios, el hombre se ha desarrollado dentro de su egoísmo, controlado desde lo alto por el Creador y luego siente cómo surge el “punto en el corazón”. Dicho de otra forma, cobra vida como un deseo adicional, opuesto a los demás. Rompe a la persona en pedazos, lo tienta y lo retuerce.

Naturalmente que este deseo también proviene del Creador. No puede venir de algún otro lado, ya que no puede aparecer de la nada. Después de todo el hombre es un ser creado, y por consiguiente, incluso la formación del punto en el corazón, no le da aún la autonomía, la independencia del Creador.

¿De qué otra cosa podríamos ser libres? Si sólo hay una fuerza singular que gobierna todo desde lo alto, entonces mi libertad sólo puede estar en mi habilidad de neutralizarla.

¿Cómo puedo lograrlo? Lo que es más, si no la neutralizo, ¿qué me resta por hacer? ¿Cuál fuerza puedo poseer, cuál intelecto? ¿Cómo puedo elegir? ¿Qué es lo que me gobernará? No queda muy claro. Si existiesen dos fuerzas podría elegir alguna de las dos. Pero si sólo existe una fuerza, entonces no existe el libre albedrío, ¿cierto? ¿Por qué existe todo, con qué propósito? ¿Para tener control sobre estos “insectos”?

No, existe un propósito para todo esto, El ser creado, el hombre, tiene que dominar las dos fuerzas opuestas y al maniobrarlas, aprender con el ejemplo del Creador, imitar Sus características, y copiarlas en mí mismo. Secuencialmente, paso a paso, atributo tras atributo, la persona transfiere una cantidad cada vez mayor del Creador hacia sí mismo y como resultado, puede igualarse completamente con él.

En ese caso, en la medida de su equivalencia con el Creador, la persona comienza en forma autónoma a regularse a sí mismo, en la misma forma en que el Creador lo haría, e incluso hasta mejor.  La persona descubre un deseo creado para él: quiere ser opuesto al Creador. Pero en lugar de esto, el hombre aprende del Creador el programa, las técnicas de administración y a pesar de su egoísmo, empieza a gobernarse y corregirse apropiadamente.

Resulta que el Creador creó al hombre malo. Y por lo tanto está escrito, “Yo he creado la inclinación al mal”. Pero al mismo tiempo, te he dado un método para transformar este mal en bien. Entonces, te volverás semejante a Mí y serás libre; puedes trabajar en ti mismo en forma independiente.

Tienes dos riendas en tus manos: tú naturaleza mala y egoísta y aquella altruista y buena. Imítame, copia de Mi y aplícalo en ti mismo. Entonces serás llamado “Adám”, de la palabra “Domé”, semejante al Creador.

Por consiguiente, tenemos la oportunidad de graduarnos del gobierno superior, dejar de ser marionetas y no decir ya: “no hay nadie más aparte de Él”. Existirá una fuerza más a Su lado, la fuerza de ese humano que copia al Creador y lo hace todo en su lugar. Y es ahí donde radica el libre albedrío porque entonces trabajamos con dos atributos opuestos de la criatura: el egoísmo y el atributo de otorgamiento.

(34273 – De la Lección 4, Convención de Berlín del 01/28/2011)

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