Detrás de los caprichos de la Naturaleza

¿Qué es lo que cada persona desea al final del día? Ella quiere saber exactamente que es aquello que lo influye. ¿Es una fuerza, o tal vez son dos? ¿Quizás haya miles de ellas en cada lado? “No importa. Lo principal es mantenerse conectados con estas fuerzas y hacer que ellas nos hagan sentir bien. Entonces, estaremos bien”.

Esto es lo que nuestro egoísmo demanda. A medida que nuestro ego evolucionó, nuestra actitud hacia el destino también cambió. La gente empezó a creer que sus vidas dependían de diversos factores externos. Es sobre esta base que los credos y las religiones fueron creados.

La separación en “bien y mal” es subjetiva. Nosotros “introducimos” una imagen exterior dentro de nosotros mismos y marcamos las cosas con nuestros “pros” y “contras”. Si nosotros no hiciéramos eso, podríamos considerar que todo lo que nos ocurre es “para nuestro bien”. Sin embargo, percibimos cualquier fenómeno natural a través del prisma de nosotros mismos, y es por eso que no podemos distinguir entre ellos.

Miles de detalles positivos y negativos de la naturaleza surgen en nuestra imaginación. En la medida en que nuestros deseos egoístas crecen, nosotros sentimos la necesidad de detectar los factores que influyen en cada uno de sus nuevos aspectos. Nosotros les asignamos a ellos un significado divino superior, ya que dependemos de ellos, para bien o para mal.

Así es como se desarrolla nuestra actitud, a través del cambio de nuestra forma de pensar, hacia el destino y hacia aquello o aquel que nos da a luz y luego nos envía a la muerte llevándonos a quien sabe dónde. Finalmente, a nuestros ojos, toda la naturaleza se divide en varios elementos y fuerzas desconectadas.

Si dejamos de asociar deseos, sentimientos, y poderes con estas fuerzas, veremos que estamos hablando simplemente de la naturaleza. En tal caso, diversos factores no están vestidos con atuendos humanos y no tienen deseos. No son más que “naturaleza ciega”, nada más que eso. La naturaleza deja de ser caprichosa, al manifestarse a sí misma como “positiva o negativa”, más bien actúa de acuerdo a unas rígidas leyes.

Debido a que no hemos aprendido las leyes de la naturaleza y a que no tenemos un control de la imagen general de lo que se está elaborando en ella, constantemente nos enfrentamos a situaciones inesperadas. El punto es que nosotros, simplemente no tenemos conocimientos de las leyes objetivas de la naturaleza; que no dependen de nada excepto de ellas mismas.

El problema es que no vemos las causas de los acontecimientos. Digamos que todo desciende a nosotros desde un nivel más alto, del cual nosotros no somos conscientes, mientras que las cosas obvias salen de las leyes de la naturaleza ciega. Sin embargo, la persona no puede ejercer ese enfoque, porque depende de múltiples factores, que a sus ojos, son independientes. Por lo tanto, empieza a asociarlos con los caprichos de la naturaleza.

La persona no se remonta a sus raíces y no ve el origen de sus acciones, juicios y sensaciones, ni siquiera sospecha que opera de acuerdo a un programa especial instalado en ella. Sólo ve la parte observable, por eso se considera a sí misma, y a otros, como seres independientes y arbitrarios. Como resultado, le asigna el mismo concepto a la naturaleza y empieza a creer, erróneamente, que tiene cierta fuerza de voluntad propia que puede ser modificada dependiendo de las circunstancias.

Ella confía en que debe tratar a la naturaleza positivamente, que debe convencerla, pagarle, y paga a los que aparentemente están cerca de la naturaleza y pueden protegerlo. En esta etapa, la persona deja de despersonalizar a la naturaleza, pero le atribuye sus propios deseos, pensamientos, y propiedades a ella. Esta es la raíz de las creencias y las religiones.

Hoy en día, vemos que nuestros deseos egoístas, que se han cultivado durante siglos, nos conducen a través de estas teorías y actitudes diferentes a la divinidad. Al final, todo se derrumba. Algunos se inclinan a sostener fanáticamente una cierta teoría que de manera artificial se separa del resto del mundo por causa de una supuesta estabilidad, a pesar de que esto les impide un mayor crecimiento. Esta actitud se puede rastrear en el fanatismo religioso y el fascismo, es decir, el tipo de egoísmo mental estrecho, en el que la unidad en un principio trae estabilidad, pero al final descompone, y hace imposible alcanzar un mayor avance a la sociedad.

En la medida en que el egoísmo de la gente crece, los humanos seguimos permaneciendo “desnudos”, ya que perdemos la oportunidad de conectarnos con la naturaleza. Sentimos que estamos siendo cautivados por el poder absoluto, que abarca todas las esferas de la vida, que dependemos de las posibilidades y del destino, y que simplemente no podemos formar ningún tipo de actitud subjetiva hacia estas nociones. Esto se convierte en un punto de inflexión que a la larga conducirá a la humanidad a la sabiduría de la Cabalá.

(63334 – De la 4º parte de la lección diaria de Cabalá del 12/16/2011, “La Paz”)

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