No todo lo que sabe amargo es inadecuado para su consumo

Si echamos un vistazo a nuestra propia historia, podemos ver que estamos en continuo desarrollo. Si bien los niveles vegetativo y animado de la naturaleza casi no cambian en el transcurso de los siglos, nosotros nos desarrollamos con cada sucesión de generaciones, e incluso durante el lapso de una sola generación.

Yo, por ejemplo, comencé mi vida en la primera mitad del siglo pasado, y con la transición al siglo 21, veo cómo el mundo ha cambiado. En ese entonces las personas estaban atadas a los pueblos, a las comunidades rurales y pequeñas ciudades con sus formas de vida establecidas, mientras que hoy todo es dinámico, todo es diferente: las formas de pensar, el acercamiento a la vida, y así sucesivamente.

Surge entonces una pregunta: ¿No es suficiente con que nazcamos y vivamos nuestra vida un año tras otro? ¿Por qué necesitamos cambiar? Es obvio que un bebé recién nacido necesita crecer con el fin de empezar a vivir una vida adulta significativa, formar una familia, tener hijos, y pasar sus adquisiciones a ellos para que puedan continuar su camino. Pero, ¿por qué la gente necesita cierto desarrollo adicional, aparte de la cadena de las generaciones inherente al mundo de los animales? ¿De dónde viene esta oposición? ¿Cuál es el objetivo del desarrollo humano? Esto es algo que no vemos.

Sin embargo, nosotros podemos establecer una analogía con un bebé que todavía no está listo para la vida. Se requiere un desarrollo prolongado para que un niño adquiera la razón, la fuerza y ​​el sentimiento hasta que él o ella realmente aprendan a entender la vida, a  arreglarla y a alterarla. ¿Tal vez es igual con nosotros? ¿Tal vez los miles de años de nuestro desarrollo son comparables con la vida de una persona? ¿Tal vez cada siglo de la historia humana es como un año para un niño?

Sin embargo, todavía no vemos hacia dónde vamos. El desarrollo de un niño procede de un camino trillado, y nosotros sabemos cómo asegurarle a él todos los medios necesarios, incluyendo ejercicios, juegos y un entorno especializado. Y aun así, la meta del desarrollo humano universal es desconocida para nosotros, y por eso no nos damos cuenta del progreso de las generaciones. Nos parece que este progreso es al azar.

Al igual que algunos padres desorientados, nosotros estamos buscando al bebé y no entendemos de dónde vino y para qué. No tenemos idea acerca de cómo criarlo, qué ejercicios darle, o en qué el entorno ponerlo. Como resultado, nuestro pequeño caminará por un sendero espinoso, careciendo de los deseos naturales necesarios que pueda  empujarlo hacia un camino verdadero.

A nuestros propios hijos les damos el conocimiento, le infundimos sentimientos, les enseñamos a leer y a escribir, les enseñamos música y dibujo. Ellos viven en un mundo artificial, en comparación al cual el mundo externo de los adultos parece una pradera salvaje.

Pero ¿dónde están los padres cariñosos y educadores de toda la humanidad? Ellos están ausentes, y por eso cada generación, a pesar de todos los avances, es más miserable que la anterior, tiene mayores carencias. Por un lado, conseguimos aun más, mientras que por el otro, nos volvemos más y más vacíos.

Entonces, ¿A dónde tenemos que llegar en nuestros días? ¿Qué hemos logrado? ¿Qué nos dio todo nuestro desarrollo? Entramos en el espacio, caminamos sobre la Luna, pero este tema no es especialmente popular en estos días, es trillado y superficial. Hemos logrado resultados impresionantes en la Tierra, pero todavía no hemos encontrado la felicidad, aun no hemos descubierto la forma de organizar nuestra vida.

La crisis global está aumentando, las familias están desintegrándose, los padres y los niños están sufriendo, la sociedad está sufriendo, la adicción a las drogas está prosperando, el terrorismo es atronador, y la depresión está convirtiéndose en la enfermedad más extendida. ¿Dónde está la alegría? ¿Dónde está el buen estado de ánimo?

Resulta que la humanidad no tenemos padres amables que nos rodeen con preocupación y que nos eleven correctamente.

Mientras tanto, vemos que la naturaleza cuida celosamente del correcto desarrollo de cada una de sus partes. Cuando nos convertimos en padres, experimentamos un amor inconmensurable por nuestros hijos, queremos darles sólo lo mejor, dedicamos toda nuestra vida a ellos. Los mejores expertos, enormes recursos, y las tecnologías superiores están al servicio de los niños y de su desarrollo.

Y a pesar de todo eso, no estamos logrando el éxito a pesar de que la naturaleza nos suministra todos los medios necesarios. Esta nos dio el amor sin el cual podríamos permanecer indiferentes a nuestros hijos. De la misma manera que los animales también aman a sus crías.

En última instancia, se hace evidente que la naturaleza, mientras que cuida del desarrollo de todas las criaturas, demuestra hacia ellas una actitud bastante peculiar. Por un lado, crea las condiciones de seguridad para el correcto crecimiento mediante la inducción de los padres en este amor instintivo hacia los niños. Como resultado, no tenemos otra opción, simplemente estamos obligados a cuidar de ellos. Pero por el otro lado, vemos que la especie humana no alcanza ningún éxito.

Una fruta de un árbol nace amarga y poco atractiva, pero al final madura y aparece en todo su esplendor, jugosa y fragante. ¿Qué pasaría si nosotros fuéramos similares a esta fruta? ¿Qué pasa si ahora estamos atravesando las etapas de transición del desarrollo y simplemente aun no hemos madurado? ¿Es posible que nuestro estado actual sea similar a una manzana amarga, dura, inmadura que no ha adquirido aún todos sus colores? Sin saberlo de antemano, ¿cómo puede uno prever el final feliz de su desarrollo?

Del mismo modo, al mirar a un niño insensato que todavía tiene mucho trabajo de crecimiento por hacer, es difícil imaginar que algún día va a fusionarse con la vida adulta, a actuar de manera independiente, y a aprender cosas nuevas, a cambiar el mundo. Por el contrario, un animal escasamente se desarrolla más allá de las últimas semanas de su nacimiento. Al actuar por instinto, este no cambia en sí mismo o al mundo.

Por lo tanto pueden extraerse las siguientes conclusiones. En primer lugar, nuestro desarrollo se produce en fases. Por otra parte, cuanto más “amarga” es la creación al comienzo, más “dulce” será al final. Y cuanto más se desarrolle, más estados atraviesa, cuanto más magnífico el final de su desarrollo, y más elevados son sus alcances.

Al recopilar todos esos ejemplos que la naturaleza nos muestra en una sola imagen, podemos concluir que vamos por un camino de desarrollo en particular. De generación en generación estamos desarrollándonos como una criatura que aún no ha completado las fases de transición. Es por eso que somos tan “amargos”, tan infructuosos. Sin embargo, al final de nuestro desarrollo, sin duda nos espera un estado maravilloso, perfecto.

Vemos que la especie humana domina el mundo vegetativo y animado. El ser humano es la corona de la creación. Por ello, el desarrollo del hombre tarda más tiempo. Es por esto que él atraviesa los estados más extremos en el camino, los cuales al parecer no se refieren a las mismas especies.

Y en cuanto al tema de que la naturaleza que nos desarrolla se preocupe, podemos sacar conclusiones acerca de nosotros mismos y de la relación de la naturaleza para nosotros sólo cuando veamos el final de desarrollo. De lo contrario, podríamos equivocarnos al igual que con la manzana cuyos primeros estadios de maduración no parecen prometer algo útil. Sólo al final vemos con cuanta sabiduría la nutre la naturaleza, para formar un fruto maravilloso y delicioso.

De acuerdo con esta ley tenemos que reconocer que también nosotros estamos experimentando un desarrollo similar y su meta es, sin duda, llevarnos al final de las generaciones de un estado amable, maravilloso, sano, absoluto, “dulce”, y hermoso.

(66160 – Del Kab.tv de “Una nueva vida”, episodio 2 del 28 de Diciembre del 2011)

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