Probándonos las vestiduras de la Luz

De hecho, toda la Torá habla acerca de las intenciones así como de la dirección en la que la gente debe orientar sus deseos, su trabajo, moldearlos y organizarlos de tal manera que gradualmente alcancen un nivel más alto de similitud con la Luz. La Luz no desciende hasta nosotros en su forma simple y abstracta; ya está “moldeada de antemano”. Después de que la Luz entra en el deseo, este se transforma en concordancia con Sus cualidades propias para que comiencen a armonizarse uno con el otro.

En nuestro mundo, vemos como el agua entra fácilmente en las vasijas y toma su forma. Sin embargo, en la espiritualidad es diferente: El mezclarse no ocurre hasta que la forma del llenado y la de las vasijas coincidan completamente. Este estado es llamado “mezcla” o “plena similitud de propiedades“, que debe ser adecuado a las condiciones que son diferentes en cualquier nivel particular de avance. Se espera un nivel más alto, una similitud más fuerte de propiedades; cada paso subsecuente requiere de un grado mucho más alto de similitud, hasta que alcancemos una fase en la que la vasija adquiera la forma de la Luz y finalmente estas se unan. Esta es la razón por la cual nosotros constantemente buscamos la forma correcta que nos permita correspondernos con la forma de la Luz.

La Luz es siempre amable y hace el bien. Es siempre la misma; está permanentemente en calma absoluta, como se nos dice: “Yo, HaVaYaH, no cambio”. Es decir que Su intención es ser siempre el mismo. Todos los cambios pasan dentro de nosotros, y es por esto que tenemos que buscar constantemente una forma que debemos adquirir para poder ser “adecuados” para la Luz, para el Creador.

De manera similar, cuando las personas se enamoran y tratan de ganar sentimientos recíprocos, ellas piensan como deberían verse, sobre qué hablar, y cómo comportarse de tal manera que sea adecuado y aceptable para la otra persona. Cuando llega la Luz, debemos actuar de la misma forma.

La Luz trae progresivamente ciertas condiciones que son llamadas “peldaños espirituales”. Cada uno de ellos está asociado con un tipo de Luz específica que se “inviste” de forma particular y permanece dentro de la vasija adecuada. Nuestra tarea es traer nuestras “vestiduras” a la similitud con Él. Entonces, ocurrirá el contacto entre la Luz, Sus “ropajes” a un nivel más alto, y el deseo (los ropajes altruistas de la Luz a un peldaño más abajo). Solo bajo tales circunstancias ellos se unirán.

Toda la Torá está dedicada a este proceso; no existe nada, salvo esto. En  cada nivel, desde el peor y el más bajo, hasta el más elevado y más alto, todo está definido solo por la similitud entre la vasija y la Luz. La correspondencia entre la vasija y la Luz es llamada “intención“. Toso esto se trata del lugar hacia dónde está orientada la vasija y qué se esfuerza por tener. No existe nada más que este reino.

Solo nos parece que hay objetos materiales alrededor nuestro en este mundo que nos confunden y esconden de nosotros la verdadera esencia de nuestras actividades. Sin importar con qué tratemos en este mundo, aun así interactuamos con los niveles de nuestra adecuación a la Luz.

El lenguaje de la Cabalá habla de esto abierta y claramente; explica el tipo de cambios internos que tenemos que alcanzar, para poder revelar la Luz general. Nuestro deber mientras aprendemos Cabalá es “probarnos” todo lo que aprendemos y ver si la “vestidura” nos queda y en este punto entender como debería ser nuestra unidad.

(74967 – De la 3º parte de la lección diaria de Cabalá del 8 de Abril del 2012, El Estudio de las Diez Sefirot)

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