Como un manojo de cañas — Mezcla de campanas, Parte 3

Dr. Michael LaitmanComo un manojo de cañas, Por qué la unidad y la garantía mutua están en la agenda del día, Michael Laitman, Ph.D.

Capítulo 7:Mezcla de campanas

Ser o no ser judío, he ahí la cuestión

La Alemania Nazi; el horror más allá de todas palabras

Como hemos mencionado antes en este capítulo, otro notable ejemplo de asimilación judía y rechazo sucedió en Alemania, antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Las consecuencias espantosas de los acontecimientos ocurridos en Alemania han sido profundamente discutidas y analizadas y no queda mucho por agregar con respecto a lo ocurrido. Lo que debemos señalar, sin embargo, es la repetición de los culpables que ejercieron su efecto en la Inquisición Española y la definitiva expulsión de España.

Históricamente, la judería alemana no disfrutó la libertad y la afinidad con los ducados y ciudades de sus anfitriones, como lo hicieron los judíos en España. Más bien, durante siglos deambulaban de ciudad en ciudad para habitar en donde se les permitía, siempre bajo severas restricciones y discriminación y en ocasiones, como durante las Cruzadas, sufriendo persecuciones, expulsiones y hasta masacres.

Y sin embargo, en los inicios del Siglo XVI, junto con el Renacimiento, los judíos en Alemania gozaron de una relativa paz. Si bien no recibieron una posición social igual, o ciudadanía en ninguna de las ciudades donde habitaban, o en los ducados, les dejaban llevar su vida relativamente sin interrupciones y separados del resto de la sociedad alemana.

“Detrás de las murallas de sus guetos”, escribe Sol Scharfstein en Understanding Jewish History: From Renaissance to the 21st Century, (Entender la historia judía desde el renacimiento hasta el Siglo XXI), “siguiendo sus propias tradiciones y su propio estilo de vida, los judíos capearon los temporales de los siglos que siguieron; las luchas entre los cristianos, entre la iglesia y los príncipes, y las guerras y revoluciones desencadenadas por las nuevas condiciones y nuevas ideas.

“… (El Papa) Pablo IV argumentaba que era incoherente que los cristianos fueran amistosos con un pueblo que no había aceptado a Cristo como su salvador. En una bula pontificia decretó que los judíos viviendo en zonas controladas por la iglesia deberían ser confinados a guetos. Se les permitiría abandonar el gueto en el día para ir al trabajo, pero estaba prohibido que salieran en cualquier otro momento. Las puertas del gueto debían cerrarse por la noche y durante las festividades cristianas”, y las puertas eran “…resguardadas por vigilantes no judíos que controlaban la entrada y salida de los que estaban prisioneros adentro”.[i]

Pero contrario a la creencia popular, al principio los guetos judíos no eran obligatorios. Eso vino más tarde, cuando los judíos se concentraban en sus zonas de habitación. El reconocido historiador Salo Wittmayer Baron, escribió que “los judíos tenían menos tareas y más derechos que la gran mayoría de la población… Podían moverse libremente a cualquier lugar salvo contadas excepciones, podían casarse con quien quisieran, tenían sus propias cortes y eran juzgados según sus propias leyes. Incluso en casos implicados con no judíos, no era el tribunal local sino generalmente un juez especial designado por el rey o algún alto oficial, quien tenía competencia”.[ii]

Unas páginas más adelante, continua el profesor Wittmayer Baron, “…la comunidad judía gozaba de total autonomía interna. Compleja, aislada, en cierto sentido extranjera, se le dejaba severamente más sola por parte del Estado que a la mayoría de las corporaciones. Por consiguiente, la comunidad judía de los días pre-revolucionarios tenía más competencia sobre sus miembros que los modernos gobiernos federales, estatales y municipales combinados (relevante a 1928, año de su publicación). La educación, la administración de justicia entre judíos, la imposición para fines comunales y del estado, la salud, los mercados, el orden público, estaban todos bajo la jurisdicción de la comunidad, corporación y además, la comunidad judía era la fuente principal del trabajo social de una calidad superior a la exterior a la judería.

“…Una etapa de esta existencia colectiva generalmente considerada por los judíos emancipados como un mal no mitigado fue el gueto. Pero no debemos olvidar que el gueto se desarrolló voluntariamente como resultado del auto-gobierno judío, y fue solo con un desarrollo posterior que la ley pública intervino y dictaminó que fuera legal la obligación para todos los judíos vivir en un distrito aislado”.[iii]

De esta forma, confiando unos en los otros para su subsistencia, los judíos se acercaron, cultivaron su propia literatura, y vivieron modesta y piadosamente. Una vez más vemos que cuando los judíos permanecen unidos, son indemnes. Y una vez más, vemos que cuando la cohesión y la unidad no son el modo de vida elegido por los judíos, las circunstancias se las imponen desde el exterior. Aunque coercitiva, es siempre la unidad que los mantiene a salvo

Y sin embargo, a pesar de la seguridad que brinda la unidad y el hecho de que los judíos, como lo apunta el profesor Grant son “inasimilables” tan pronto se abren las puertas y los judíos pueden salir, empiezan a mezclarse del mismo modo que les ocasionó tantos infortunios en España; la asimilación cultural y todavía peor, la asimilación religiosa. De alguna forma, siempre olvidamos las palabras de nuestros sabios quienes repetidamente claman, “Cuando ellos (Israel) son como un hombre con un corazón, se vuelven como una muralla fortificada contra las fuerzas del mal”.[iv] Ciertamente, como hemos venido exponiendo en este libro, la falta de unidad es la causante de la destrucción del Templo y la dispersión del pueblo de Israel de su tierra, y ciertamente de toda calamidad que se ha abatido en los judíos desde entonces.

A medida que la emancipación judía progresaba y los judíos alemanes fueron admitidos en la sociedad alemana cristiana, gradualmente se distanciaron de sus raíces espirituales. Hacia el final del Siglo XVIII estaban tan ansiosos de ser aceptados por la sociedad cristiana que hubieran hecho virtualmente todo para acceder a ella. De esta forma, según los profesores de la cultura e historia judía Steven J. Zipperstein de la Universidad de Stanford y Jonathan Frankel de la Universidad Hebrea en Jerusalén, en 1799 solo unos cuantos años después del inicio de la emancipación judía, David Friedlander uno de los líderes prominentes de la comunidad judía, llegó al extremo de sugerir que los judíos de Berlín se convirtieran al cristianismo masivamente.[v]

Pero incluso sin la conversión, los judíos alemanes estaban dispuestos a renunciar a todo lo que sus antepasados habían considerado sagrado. “Con el propósito de probar la absoluta lealtad de los judíos al estado y al país”, escribieron Zipperstein y Frankel más adelante en su libro, “(Los judíos) estaban dispuestos a suprimir de los devocionarios cualquier referencia a la ancestral esperanza de retornar a la antigua tierra natal en Palestina e interpretar la dispersión de los judíos a través del mundo no como un exilio sino como un valor positivo, como un camino para que los judíos llevaran el mensaje de la ética monoteísta a toda la humanidad, como una misión ordenada por la Divinidad. Por consiguiente el movimiento reformista hizo posible que se estipulara que los judíos constituían una comunidad estrictamente religiosa despojada de todos los atributos nacionales; que ellos eran alemanes (o polacos o franceses según el caso) de la ‘Persuasión Mosaica’. De esta forma, el judaísmo reformado se convirtió en un símbolo, por decirlo así, de una disposición de cambiar las creencias de siglos por la igualdad civil y la aceptación social”.[vi]

La renuncia de la conexión de los judíos a Sión, la tierra de Israel y el deseo por el Creador -la ley de otorgamiento- simboliza más que otra cosa hasta qué punto los judíos alemanes se habían enajenado de su herencia. Como ya lo hemos visto tantas veces y como lo hemos aprendido de las enseñanzas de nuestros sabios a través de la historia, cuando los judíos están dispuestos a abandonar su papel, las mismas naciones a las que quisieron integrarse los fuerzan a volver nuevamente a asumirlo.

Por desgracia, los judíos alemanes desconocían este hecho. Estaban en el exilio, desterrados de la cualidad de otorgamiento y ajenos a su deber. Ignoraban que estaban equivocados y que en el momento que cambiaran su cohesión por la aceptación de la sociedad en general, ponían su futuro y el futuro de sus hijos en el camino del quebranto. Si bien nadie hubiera podido predecir la magnitud del horror que se abatiría sobre ellos, se había preparado el camino para ello y su conducta continuaba pavimentándolo.

Desde aproximadamente 1780 hasta 1869, a pesar de varios contratiempos, se llevó a cabo gradualmente el avance de la emancipación judía. Finalmente, “la ley de igualdad fue aprobada por el Parlamento de la Federación Alemana del Norte el 3 de julio 1869. Con la extensión de esta ley a los estados adheridos al Imperio Alemán, la lucha de los judíos alemanes por su emancipación había conseguido triunfar”.[vii]

Pero el precio del éxito fue el total abandono de todo lo que había mantenido a los judíos unidos. Según Werner Eugen Mosse, Profesor Emérito de la Universidad Europea de Historia East Anglia, “En 1843, la primera Sociedad Reformista Radical -que rechazaba la circuncisión y pedía que se pasará el Shabat judío al domingo- vio la luz en Frankfurt. … En las siguientes dos o tres décadas, el movimiento religioso reformista reestructuraría el servicio religioso en las comunidades más grandes, y se desarrolló en el movimiento liberal religioso que sometió a la judería alemana del Siglo 20.

“…La presión para integrarse socialmente a una sociedad general obligó a muchos a abandonar las prácticas que ellos sentían creaban una barrera contra la relación social (por ejemplo, las leyes dietéticas), y la necesidad de ser económicamente competitivos forzaba a muchos a realizar negocios el sábado, durante el Shabat judío. Además, muchos de los judíos asimilados a la cultura se vieron rechazados del servicio tradicional judío por razones espirituales”.[viii]

“Otro aspecto de la Reforma estrechamente ligada a la educación,” continua el Profesor Eugen Mosse, “era la nueva ceremonia de confirmación. Esta ceremonia, basada en el modelo cristiano, tenía como propósito suplir (casi nunca reemplazar) el Bar Mitzva tradicional. Tanto niñas como niños al graduarse de una escuela religiosa, pasaban un examen público oral sobre las bases de la religión judía, luego recibían la bendición del rabino y quedaban formalmente iniciados en el judaísmo”.[ix]

De esta forma, como sucedió en España unos cuatro siglos antes, los Judíos Reformados en efecto se convirtieron en conversos Ashkenazi”. Según  Donald L. Niewyk, Profesor Emérito de Historia en SMU., “La gran mayoría de los judíos estaba apasionadamente comprometido con el bien de su patria, Alemania”.[x]

Y justo como ocurrió en España, cuando la corriente empezó a volverse en contra de los judíos, y el antisemitismo se incrementó en la República de Weimar de Alemania, los judíos estaban felizmente ajenos al resonar de las alarmas. “No pocos contemplaron el antisemitismo como un favor positivo que en sí mismo podía preservar a los judíos de la integración gradual con la sociedad en general y su desaparición definitiva como un grupo religioso distintivo”, narra el Profesor Niewyk.[xi] Sin advertir que al dejar que las naciones nos mantengan juntos en lugar de hacerlo nosotros mismos suponía consecuencias inimaginables. El Dr. Kurt Fleischer, líder de los liberales en la Congregación de la Comunidad Judía en Berlín, argumentó en 1929 que “El antisemitismo es el azote que Dios nos envía para conducirnos a la unidad y soldarnos juntos”.[xii] De nuevo, esto da la razón a las palabras antes citadas  del Profesor Cohn Sherbok: “La paradoja de la vida judía es que… sin el antisemitismo podríamos estar condenados a la extinción”.[xiii] Ciertamente, cuán trágicamente tienen ellos razón.

Como luego resultó, Hitler también pensó que el Creador usaba a los nazis para hacer Su trabajo. En Mein Kampf, escribió palabras similares a la afirmación antes mencionada de Isabel, reina de España, en el sentido que el Señor castigaba a los judíos por mediación del rey: “La naturaleza eterna inexorablemente cobra venganza de la violación de sus mandamientos. Por ende, hoy creo que estoy actuando conforme a la voluntad del Creador Todopoderoso: al defenderme del judío, estoy luchando por el trabajo del Señor”.[xiv]

Ya que el Creador es la cualidad de amor y otorgamiento, la salida de los judíos de los guetos los expuso a exiliarse de esa cualidad. En consecuencia, en lugar de llevar la solidaridad y la responsabilidad mutua a las sociedades que los albergaban, propagaban la egolatría, que es destructiva para cualquier sociedad y por consiguiente fueron vistos con intolerancia y repulsión poco después de ser aceptados. El filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach, relacionó a los judíos con la egolatría de la siguiente manera, “Los judíos han mantenido su peculiaridad hasta este día. Su principio, su Dios es el principio más práctico en el mundo, es decir el egoísmo. Y lo que es más, el egoísmo bajo la forma de la religión. El egoísmo es el Dios que no permitirá que sus siervos sean avergonzados. El egoísmo es esencialmente monoteísta, pues tiene solo uno, un ser único, como finalidad”.[xv]

¿Ciertamente, quién recibiría tal amenaza en la sociedad? Es precisamente esa egolatría que provoca que cada nación en la que habitamos piense mejor y a la larga lamente y revoque su apertura.

Fue su unidad y su altruismo lo que hizo posible que los judíos fueran únicos y poderosos en la antigüedad, y como lo hemos demostrado, esto fue lo único que Abraham y Moisés querían entregar al mundo. En un principio, las naciones nos dieron la bienvenida en su seno, inconscientemente a la espera que compartiéramos esa cualidad con ellos. Pero al descubrir que les dábamos lo opuesto, su buena disposición se convirtió en desilusión e ira. Todo el tiempo que continuemos decepcionando a las naciones, seguiremos recibiendo el mismo trato y la tendencia nos muestra que los medios que emplearán para manifestar su decepción serán cada vez más severos.

[i] Sol Scharfstein, Understanding Jewish History: From Renaissance to the 21st Century (Comprendiendo la historia judía: desde el Renacimiento hasta el siglo XXI (Printed in Hong Kong, Ktav Publishing House, 1997), 163-164.

[ii] Salo W. Baron, “Ghetto and Emancipation: Shall We Revise the Traditional Views?” (Gueto y enmancipación: Revisaremos las perspectivas tradicionales?) in: The Menorah Treasury: Harvest of Half a Century (Philadelphia: Jewish Publication Society of America, 1964), 52.

[iii] Salo W. Baron, “Ghetto and Emancipation: Shall We Revise the Traditional Views?” (Gueto y enmancipación: Revisaremos las perspectivas tradicionales?)  in: The Menorah Treasury: Harvest of Half a Century, 54-55.

[iv] Rabbi Shmuel Bornstein, Shem MiShmuel [Un nombre de Shmuel], VaYakhel [Y Moisés reunió], TAR’AV (1916)

[v] Assimilation and Community: The Jews in Nineteenth-Century Europe,(Asimilación y comunidad: Los judíos en la Europa del siglo diecinueve)  Ed: Jonathan Frankel, Steven J. Zipperstein (UK, Cambridge University Press, 1992), 8.

[vi] Assimilation and Community: The Jews in Nineteenth-Century Europe, (Asimilación y comunidad: Los judíos en la Europa del siglo diecinueve) Ed: J. Frankel, S.J. Zipperstein, 12.

[vii] “Emancipation,”  (Enmancipación)Jewish Virtual Library, url:

http://www.jewishvirtuallibrary.org/jsource/judaica/ejud_0002_0006_0_05916.html

[viii] Werner Eugen Mosse, Revolution and Evolution: 1848 in German-Jewish History ( Revolución y evolución: 1848 en la historia Judeo- alemana) (Germany, J.C.B. Mohr (Paul Siebeck) Tubingen, 1981), 255-256.

[ix] Eugen Mosse, Revolution and Evolution: 1848 in German-Jewish History  ( Revolución y evolución: 1848 en la historia Judeo- alemana), 260.

[x] Donald L. Niewyk, The Jews in Weimar Germany (Los judíos en la Alemania Weimar) (New Jersey, Transactions Publishers, New Brunswick, 2001), 95.

[xi] Niewyk, The Jews in Weimar Germany,  (Los judíos en la Alemania Weimar) 84.

[xii] ibid.

[xiii] Cohn-Sherbok, The Paradox of Anti-Semitism,  (La paradoja del antisemitismo )XIV (Preface).

[xiv] Adolf Hitler, Mein Kampf (US, Noontide Press, 2003), 51.

[xv] Ludwig Feuerbach, The Essence of Christianity,(La esencia del cristianismo) ) trans. Marian Evans (London, John Chapman, 1843), 113.

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