JPost: “Comentario: entre Dershowitz y Stone, Dershowitz es inútilmente correcto”

The Jerusalem Post publicó mi nuevo artículo “Comentario: entre Dershowitz y Stone, Dershowitz es inútilmente correcto”

Para cambiar el sentimiento de la gente acerca de los judíos, debemos enfrentar con honestidad la idea de que si algo sale mal, es culpa de los judíos. Comparte en Facebook. Comparte en Twitter

Oliver Stone, guionista, director de cine y productor es un icono cultural. Ha ganado varios premios de la Academia y contribuido con decenas de películas que han ayudado a dar forma a nuestras opiniones sobre guerra, amor, política y otros asuntos importantes. Oliver Stone también es antisemita.

Alan Dershowitz, abogado, autor, orador dotado e icono cultural por derecho propio. Alan Dershowitz también es firme partidario de Israel. Cuando Dershowitz escuchó que Stone culpaba a Israel de entrometerse en la reciente elección de EUA, desafió a Stone a un debate sobre si había o no verdad en su declaración.

El señor Dershowitz ha defendido a Israel durante muchos años y su apoyo es reconfortante e impresionante. En 2005 dirigió un debate épico con el judío enemigo de israel, Noam Chomsky en la Universidad de Harvard y trabaja incansablemente para apoyar a Israel en todos los frentes.

Empero, a juzgar por el crecimiento exponencial del antisemitismo en EUA y en el mundo, en los últimos años, estos esfuerzos han tenido cero impacto. Por razonables que sean sus argumentos, nunca superarán el antisemitismo, porque el odio no necesita argumentos razonables para justificarse.

El odio a los judíos no tiene sentido

A lo largo de la historia, el odio a los judíos se ha presentado de forma diferente en tiempos diferentes. Los judíos han sido acusados de envenenar pozos, hornear matzos con sangre de niños cristianos (y ahora musulmanes), belicistas, usureros, comerciar esclavos, conspirar para dominar el mundo y propagar enfermedades (de la Muerte Negra al Ebola). También han sido acusados de manipular los medios para sus necesidades, de deslealtad hacia sus países anfitriones, recolección de órganos y propagación del SIDA.

Además, a los judíos se les suele acusar de “delitos” conflictivos. Los comunistas los acusaron de crear el capitalismo; los capitalistas los acusaron de inventar el comunismo. Los cristianos los acusan de matar a Jesús, mientras que los disidentes de la iglesia, los acusaban de inventar el cristianismo. Los judíos han sido etiquetados como guerreros y cobardes, racistas y cosmopolitas, impotentes e inflexibles y, otras incontables contradicciones.

Es claro que el odio a los judíos es irracional y profundo.

Para cambiar los sentimientos de la gente hacia los judíos y al estado nacional de los judíos, es decir, Israel, debemos apelar a sus sentimientos, a su corazón y no a su mente. Para hacerlo, debemos enfrentar la viejo idea a la que Dershowitz se refirió: si algo sale mal, es culpa de los judíos.

Odio desde fuera y desde dentro

Como es evidente por la irracionalidad del odio a los judíos, los judíos no son una nación común. Desde su inicio, sus defensores más destacados han sido blanco de agresión y enemistad. Abraham fue arrojado a un horno después de que su propio padre, Terah, lo llevó para ser juzgado por el rey. Terah no protestó el veredicto. José fue arrojado a un pozo lleno de serpientes y luego vendido como esclavo por sus propios hermanos, en lugar de su plan inicial de asesinarlo. Moisés fue perseguido por su abuelo adoptivo, el faraón y a menudo, criticado por su propio pueblo.

Después de Moisés, cuando el pueblo de Israel fue fundado como nación, sufrieron conflictos internos igual de malos, si no peores, que con los enemigos del exterior. El primer Templo fue arruinado por la adoración de ídolos, el incesto y el crimen. Antes de que se arruinara, los reyes hebreos Acaz y Ezequías lo saquearon y entregaron el tesoro a reyes extranjeros.

En la época del Segundo Templo, los helenistas -judíos que querían instalar la cultura y las creencias griegas, en Israel- odiaban a sus hermanos con tanta ferocidad que los combatieron hasta la muerte, en lugar de combatir a los griegos.

Al final, el odio provocó la ruina del Segundo Templo y un exilio que duró dos milenios. Peor aún, Tiberio Julio Alejandro, comandante del ejército romano que conquistó Jerusalén, arruinó el Templo y exilió a su pueblo, él era judío alejandrino, su propio padre había donado el oro y la plata para las puertas del Templo. De hecho, antes de que Tiberio Alejandro invadiera Jerusalén, había terminado con su comunidad nativa de Alejandría, causando “que todo el distrito se inundara en sangre, mientras se amontonaban 50 mil cadáveres”, según Tito Flavio Josefo,l historiador judío-romano.

En mi columna anterior, mencioné más de los innumerables casos en que judíos se volvieron contra su propia gente. Resulta que somos únicos, no sólo en el odio implacable e irracional que padecemos, sino también en el profundo odio que los judíos sienten y exhiben hacia sus propios hermanos. Esto plantea la pregunta: ¿Qué hay en los judíos que los convierte en objeto de tal odio general?

¿Quién es judío?

El libro Yaarot Devash (parte 2, Drush 2) escribe que la palabra Yehudi (judío) viene de la palabra hebrea Yihudi, que significa unidos. Cuando Abraham el Patriarca estableció su grupo, lo hizo por el estallido de ego en el imperio babilónico, donde nació. El libro Pirkei de Rabbi Eliezer (Capítulo de Rabi Eliezer) describe cómo los constructores de la Torre de Babilonia “querían hablar entre sí, pero no conocían el idioma del otro. ¿Que hicieron? Cada uno tomó su espada y lucharon entre sí hasta la muerte. De hecho, la mitad del mundo fue sacrificada allí y los demás se esparcieron por el mundo”.

Para ayudar a los babilonios, Abraham desarrolló un método para conectar a la gente. Se dio cuenta de que el egoísmo se intensificaba rápidamente. Por lo tanto, en lugar de intentar restringir su ego, Abraham sugirió que cambiaran su enfoque a la conexión. Así, esperaba que sus compatriotas se elevaran por encima del ego y se conectaran.

Aunque Abraham fue expulsado de Babilonia (después de haber sobrevivido del horno), continuó circulando sus ideas mientras iba hacia la tierra de Israel. Poco a poco, escribe Maimónides en Mishneh Torah (Capítulo 1), Abraham, junto con su esposa Sara, reunió a decenas de miles de personas, todas versados en unirse por encima de su ego.

Esta característica especial de los estudiantes de Abraham -hacer de la unidad y la hermandad el medios y el fin- se convirtió en la esencia del judaísmo. Por eso el viejo Hillel le dijo al hombre que quería convertirse: “Lo que odias, no lo hagas a tu prójimo; esta es toda la Torá (Shabat, 31a) y por lo que Rabí Akiva afirmó: “Ama a tu prójimo como a ti mismo; es la gran regla de la Torá “(Jerusalén Talmud, Nedarim, 30b).

Nos volvimos nación hasta que prometimos ser “un hombre con un corazón” e inmediatamente después, se nos ordenó ser ‘luz para las naciones’ –llevar nuestra unidad especial a todos. Así como Abraham intentó hacerlo en Babilonia, cuando deseaba extender la unidad indiscriminadamente, se nos ordenó ser luz para las naciones, difundir la unidad en todo el mundo.

Por lo tanto, nuestra nacionalidad tiene dos principios: 1) unirse como un hombre con un corazón, 2) compartir el método para lograr unidad con toda la humanidad. Si no seguimos estas dos reglas, no somos judíos.

Puesto que estos dos principios han sido la esencia de nuestro pueblo desde su creación, cualquier acusación de que los judíos causan daño al mundo, como la idea que Dershowitz mencionó -si algo sale mal, es culpa de los judíos- es una afirmación (generalmente inconsciente) de que los judíos no son judíos. En otras palabras, no proyectan unidad ni hermandad, sino más bien lo contrario.

En algunos casos, la sensación de los antisemitas, de que el egoísmo judío es el problema, es tan intensa que incluso pueden verbalizarla. El filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach escribió en La esencia del cristianismo: “Los judíos han mantenido su peculiaridad hasta nuestros días. Su principio, su Dios, es el principio más práctico del mundo: el egoísmo”.

Si esto es lo que proyectamos, ¿es de extrañar que nos odien? Podemos habernos liberado del “veredicto” de ser ‘luz para las naciones’, pero las naciones nunca nos han liberado. Sus acusaciones, los altos estándares morales con que juzgan a Israel y a los judíos, su admiración y su miedo, hablan por sí mismos. No nos ayudará tratar ser como ellos; no nos aceptarán. Han esperado, esperan y siempre esperarán a que seamos un faro de unidad, ‘luz para las naciones’.

Hasta que nos unamos por encima de nuestro odio, como lo hicieron nuestros antepasados, hace milenios, continuaremos siendo los únicos parias del mundo.

Ningún argumento convincente, prueba concluyente o evidencia, convencerá a los Oliver Stones del mundo, de que están equivocados. En su corazón, saben que tienen razón, que los judíos tienen la culpa de todo lo malo que sucede. Para Oliver Stone, lo malo es la elección de Donald Trump como presidente. Pero incluso antes de que Trump fuera elegido, Stone encontró razones para no querer a los judíos, demostrando una vez más que el odio se aferra a cualquier pretexto para justificarse, independientemente de la verdad objetiva.

Por lo tanto, si realmente queremos eliminar el antisemitismo, debemos hacer lo que menos queremos: unirnos con nuestros hermanos a la tribu, nuestros compañeros judíos, sobre todas nuestras disputas, alienación y odio.
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