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2,000 años antes de la creación del mundo

Mientras más nos alejamos de la Torá, en nuestra historia, más cerca está de nosotros.

¿Cómo se convirtió la Torá en libro?

“Y cuando Él deseó y pensó en crear el mundo y fue revelado en un deseo ante Él, Él vería la Torá y crearía el mundo” (El libro del Zohar, “Toledot“)

Sólo piensa en esto, el mundo ni siquiera existía, pero la Torá ya. No vio un libro cuando creó el mundo. No era el libro que se le dio al pueblo de Israel en el monte Sinaí.

La Torá es un programa de desarrollo integral, una guía completa para la creación. Es la matriz de la que todos somos parte. Es imposible superarla o huir de ella. Pero, en un determinado momento de crecimiento predeterminado por ella, lo sabremos. No sólo recibiremos información, sino que estaremos conscientes de dónde estamos y de lo que nos sucede.

Ocurre lo mismo con el niño pequeño que, después del primer año ‘inconsciente’, comienza a comprender que vive en un mundo vasto y que este mundo requiere su participación. En la evolución del hombre, llega el momento en que la matriz lo despierta de su olvido infantil. Se despide de su cuna y de la guardería, abre la puerta y sale de su casa.

En ese momento, todo cambia: el mundo adquiere volumen, sonido, colores y significado. Sucede que la vida es un camino con un objetivo eterno y podemos avanzar conscientemente, con nuestro libre albedrío, juntos. Así no sólo la matriz nos afecta, nosotros también influimos en la matriz.

Y, nos familiarizamos con el plan general y con la fuerza que nos maneja. Hace dos mil años, la humanidad alcanzó este nivel. Personas que se llamaban a sí mismas, cabalistas, descubrieron el único sistema de la realidad y comenzaron a estudiar sus leyes, a conectarse con ella y a describirla.

Así, lograron la Torá, escribieron libros que reflejaban sus atributos y leyes y lo más importante, la dirección que nos muestra. Vieron la imagen general y entendieron su proceso, así como nosotros entendemos las fases generales del desarrollo del bebé.

“Antes de que el mundo fuera creado, la Torá había precedido al mundo por dos mil años” (El libro del Zohar, “Truma“).

En el punto culminante de la consecución del plan, toda una nación vivía consciente de sus leyes, en una realidad mucho más amplia que la nuestra. Pero un día todo desapareció. Cayó de su altura y la esperanza para el mundo se derrumbó. Y la Torá se convirtió en un simple libro, que nos dice cómo debemos vivir en la Tierra, un libro sagrado especial. Pero ya hemos olvidado la estructura de la creación, el método para ascender por encima de nosotros mismos, la herramienta para alcanzar la unidad en el mundo.

La puerta fue cerrada y volvimos a la guardería donde hemos vivido hasta hoy.

La ruptura de las frecuencias altas

Hay 54 Parashot (secciones) en la Torá, 613 mandamientos, 79,976 palabras, 304,805 letras. Se lee en sinagogas todo el año, según el Parasha semanal. Incluye la historia de la nación judía, de sus líderes, desde los antepasados hasta Moisés, la Torre de Babel, la tierra que el Creador mostró a Abraham, la vida en el desierto, la esclavitud en Egipto, el monte Sinaí que se agitó en llamas y humo …

Si leemos la Torá así, si la entendemos así, falta la parte principal y es un bulto vacío. Leerla así, es separarla de su raíz, proyectarla en una impresión en nuestra conciencia ordinaria y fijarla bajo el título de Sagradas Escrituras.

Así se transmite en la percepción egoísta del mundo y deja de ser el plan de nuestro desarrollo. No emociona; no es atractiva; no nos desarrolla; no revela nuevos mundos ni nos da el poder de revelarlos, en realidad nos calma y nos arrulla. Para algunos, puede ser una tradición; para otros, es una colección de leyes absolutas de nuestra existencia corpórea. En el pasado unió a la nación, pero ahora la divide, nos separa y nos pone en dos lados de la cerca.

No, no es la Torá, no es la fuerza que cambia al hombre, que nos saca del ego primitivo -que limita nuestra vida corpórea. En el pasado nos elevó y ahora se ha convertido en un medio de presionar a la gente, obligarla, exigirle y limitarla. La gente la aprende de memoria, verifica los hallazgos históricos y socava su base ideológica. Las religiones nacen de ella, místicos y cínicos se congregan bajo ella, los filósofos la citan y los científicos la estudian tratando de descifrar su código.

Es la más vendida, en todos los tiempos y naciones, desde hace mucho. Aquellos a quienes la Torá llama ‘amos’ la esquivan porque no quieren cruzar el umbral y dejar su ‘hogar’ por algo más grande.

“Gente pequeña y limitada pasa indiferente, llenándonos de drogas y sobre todo, manteniendo la droga de la vida fuera de nuestra vista… para sofocar la voz del Creador que nos llama desde lo más profundo del alma y llena todos los mundos” (Rav Kook).

Cuando llega la gran fiesta de la entrega de la Torá, la rechazamos una vez más y, de nuevo, nos quedamos con el libro. Aún siendo especial, aún siendo sagrado, es un libro y no el gran tejido de la creación en el que, nos guste o no, estamos unidos, es sólo un libro, no el mundo enorme y no el majestuoso sistema que nos rodea y que fue creado para nosotros.

La rechazamos, ¿por qué? Porque vive en otorgamiento y eso nos enseña.

Veneno en la punta de la hoja

“El principio más importante para lograr la Torá, es la unidad, como un hombre con un corazón” (Maor Va’Shemesh).

En el monte Sinaí se nos dio un enfoque común al sistema general y se nos permitió entrar conscientemente en contacto con él, estudiarlo, explorarlo e incorporarnos en él, en mente y sentimientos. El código de acceso es el amor a los demás, la interfase del software es la relación con otros, con base en el otorgamiento. La Torá pretende revelar el conglomerado de las fuerzas que operan en nosotros, nos afectan y nos permiten estar mutua y efectivamente conectados. Si usamos así la Torá, dejamos la guardería, crecemos y maduramos.

La transformación no es en nuestra fantasía ni en el siguiente mundo, es aquí y ahora, es ascender por encima del ego y por esta razón, es muy fácil para el hombre comprobar si recibe la Torá como sedante o como excusa. El criterio es simple: usamos la Torá, como tratamos a los otros, como medicina o como veneno.

A juzgar por la situación actual, nos encontramos suspendidos, divididos, aplastados, peleando y aceptando todo como inevitable. No es la fuerza positiva de la Torá lo que nos acompaña en el camino hacia la meta, sino la negatividad de nuestra propia esencia, a la que estamos acostumbrados, pero que es muy destructiva,

Mientras tanto, el mundo crece en pañales y alcanza situaciones en las que no podrá manejarse sin un maestro sabio. Sólo en teoría, el hombre puede evaluar con sobriedad la situación y lograr una conclusión correcta. En la práctica, nuestros deseos son más fuertes que nosotros e incluso, al borde del abismo, continuaremos con nuestros actos infantiles. Es nuestra naturaleza.

Los sabios usan la clara y amarga metáfora de ver al ángel de la muerte con una gota de veneno en la punta de la hoja de su espada y el hombre, ‘obediente’ abre su boca y la traga. Es porque no podemos hacer las cosas de otra manera. Incluso nuestra sabia nación ha caído en la trampa del ego y parece que una vez más está dispuesta a ir a la ‘aniquilación’, esto a juzgar por los conflictos en Israel y entre judíos en el extranjero. Para ellos, Israel se está convirtiendo en una responsabilidad pesada y  estarían felices de dejarla de una vez por todas.

Este resultado es inevitable, a menos que aceptemos la Torá, a menos que seamos responsables de los otros, a pesar de la montaña de dudas y odio que se cierne sobre nosotros. Aquí está nuestra libre albedrío, puesto que la Torá, a diferencia del ángel de la muerte, sólo funciona si la queremos, si la necesitamos, no sólo de palabra, sino de hecho, si la consideramos remedio contra nuestra división, la sabiduría de otorgamiento y de la correcta cooperación mutua con el sistema general.

Apresúrate a amar

Todos somos diferentes y vemos el mundo diferente. Esto es normal. La Torá no requiere que nadie abandone sus principios y creencias. No necesita compromisos socialistas artificiales. Nos eleva al nivel en el que sólo quedan los corazones y la conexión entre ellos. Así, todo se funde.

“Apresúrate a amar, porque el tiempo ha llegado” (Rabí Elazar Azikri)

Nadie tiene razón ni culpa. Todos nos encontramos ante nuestra montaña de odio, en algún momento, estaremos ante la necesidad de tomar una decisión común. Su esencia es el nacimiento del hombre, el nacimiento de una nueva sociedad, una nueva actitud mutua hacia la vida. Cuando lo anhelemos, el sistema nos ayudará, nos guiará y responderá nuestras preguntas. Pero si no lo hacemos, nos hará enfrentarnos a lo que se nos presenta en la punta de la hoja de la espada.

Por lo tanto, si la incógnita es, si recibiremos o no la Torá, la recibiremos. La siguiente pregunta es, si apresuramos el amor.
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