Viernes negro

De mi página de Facebook Michael Laitman 23/nov/18

Noviembre es el gran mes de las compras del año: partiendo desde el “Día de Solteros” chino que abrió el mes de compras este pasado fin de semana, pasando por el “Black Friday”, la versión americana de la apertura de la locura de compras prenavideñas, hasta el “Cyber Monday” que cierra las fiestas del shopping. Año tras año se rompe el récord de ventas, año tras año se gastan billones de dólares en compras.

Si nos ponemos a observar este asunto más profundamente, la fiesta decompras internacional apunta a un fenómeno más interno que una simple compra más de un aparato de televisión barato: la influencia del entorno sobre el individuo. Aun quien no es un consumidor compulsivo, se siente atraído por el placer hedonista que existe en la búsqueda y la adquisición de productos en oferta.

La satisfacción que hay en la compra nos despierta la sensación de renovación y tal alegría justifica cada moneda. Eventualmente, cuando llega el cobro mensual, de pronto nos percatamos de que la mayoría de las compras no provienen de una necesidad real sino de una necesidad de competencia social presente en la atmósfera y nos arrastró en la pasión del momento. De hecho, si no fuera por la presión del entorno, nuestro deseo de compras iría disminuyendo.

Esto también tiene una explicación: el propósito de los productores y los comerciantes es incitarnos a consumir más y más para movilizar las ruedas de la economía, la cadena de producción y ventas. En otras palabras: cuando compramos, los ingresos de los negocios crecen, como resultado de ello pagan más impuestos al país y pueden crear más puestos de trabajo. Así más personas tienen un sueldo y pueden, sorpresivamente, comprar más. Este círculo explica por qué un 70% de la producción en EE.UU. proviene del consumo privado.

No es secreto que la recuperación del consumo privado, y tras ella el crecimiento económico, es amnésica y ha llevado a la desilusión, especialmente si tomamos en cuenta los incentivos sin precedentes y el interés nulo como resultado de la crisis del 2008. No solo se trata de que la tradicional caja de herramientas fallara en su misión de incentivar la economía significativamente, sino que nos estamos enfrentando a desafíos dramáticos adicionales. El envejecimiento de la población, el alto nivel de desempleo tecnológico y la falta de entendimiento del comportamiento de la generación del milenio, nos obligan a encontrar un cambio significante de método.

Por eso, no hay problema alguno en el tema del shopping. Da alegría ver que la gente disfruta con las compras para las fiestas, que así comprenden cuanta fuerza y alegría proporciona la participación general dentro del entorno, así sea a modo virtual. Solo resta esperar que las acciones comunes de este tipo nos hagan conocer la necesidad de reforzar las relaciones entre nosotros. Si éste fuese el resultado, podremos decir que estamos aprovechando la cultura del consumismo para el servicio del hombre, y no al revés.

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