¿Alegrarnos o dar alegria?

La fuerza de la fe proviene de una iluminación especial que se abre desde arriba. La luz de la fe le da fe a una persona, es decir la fuerza de otorgamiento. Justo como ahora,  naturalmente, de acuerdo a la fórmula implantada en mí, sin dudar, constantemente pienso en mí mismo, entonces comenzaré a pensar en la fórmula inversa, acerca de los beneficios de otros, es decir, en última instancia acerca del beneficio del Creador.

Entiendo que el Creador describe todos los detalles de la realidad que veo frente a mí para que a través de ellos llegue al verdadero otorgamiento al Creador. Mis amigos, aliados y enemigos, diferentes personajes que envenenan mi vida y al contrario, me apoyan, toda la naturaleza inanimada, plantas, animales y humanos, son sólo factores en el gran teatro llamado vida. Todos son controlados  por la fuerza superior del Creador con el solo propósito que a través de ellos me conecte con la fuerza superior.

La fe es el Creador mismo. Él es llamado el “Dios de la fe”. Cuando la luz es revelada, entonces bajo la influencia de su iluminación, comienzo a actuar de acuerdo a las instrucciones de esta fuerza. Y cuando la luz está oculta, actúo contrario a ello, como el Faraón, la inclinación malvada. En realidad, existen sólo dos fuerzas, en los lados frontal y posterior del Creador, ambas están jugando conmigo.

El mundo entero son los detalles del juego del Creador conmigo; tanto como puedo conectarlos; me acerco al Creador. Todos los cálculos están dirigidos sólo hacia el Creador, mi intención es dirigida sólo hacia Él; todo el resto son solo los medios. Sin embargo, sin esos medios es imposible llegar al Creador, entonces debo tratarlos exactamente de la misma manera en que trato al Creador. Entonces esos medios, junto conmigo, se convertirán en la materia, el deseo, mediante el cual me adhiero al Creador.

La luz de la fe es la luz circundante que regresa a la fuente y trae la fuerza de otorgamiento al corazón de la persona. Es lo único que necesitamos; no hay nada más que esperar o tener esperanza de que suceda. Si alcanzamos la luz de la fe, entonces con su ayuda seremos capaces de ascender al nivel del otorgamiento, salir del deseo de recibir, y comenzar a trabajar con éste de forma altruista. Toda la Torá es para corregir la intención de “con el fin de recibir” a “con el fin de otorgar”.

El deseo de disfrutar permanece como fue creado por el Creador. La única pregunta es qué nos da placer: disfrutar nosotros mismos o dar alegría a otros. Esta es toda la diferencia entre la naturaleza de recibir y de dar. No es el deseo que cambia, no la materia en sí, sino la intención que es invertida en la luz que reforma.1

Mi habilidad de otorgar es determinada por la luz de fe que recibo. Por lo tanto, el uso de mi deseo se expande y veo qué puede hacerse con él. Si trabajo con éste con el fin de otorgar, el mundo de pronto se vuelve transparente hasta cierto punto. Mientras más uso mi deseo para otorgar, más transparente se vuelve el mundo.

Después de todo, veo el mundo a través del deseo de recibir. Si el deseo es egoísta, el mundo es muy limitado, cerrado. La intención con el fin de otorgar abre una oportunidad para mí de ver qué hay más allá de mis estrechos intereses animales. Ahora pienso en cosas que son buenas para mi animal. La realidad que siento en esta perspectiva es llamada este mundo: comida, sexo, familia, dinero, honor y conocimiento. Sin embargo, si yo expando mi percepción, veo una vida diferente. 2

De la primera parte de la lección diaria de Cabalá 20/abr/19, Shamati “¿Qué es grandeza y pequeñez en la fe”?
1 Minuto 4:38
2 Minuto 20:30

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