Ninguna otra realidad más que la decena

La materia de la creación es el deseo de disfrutar y todo nuestro trabajo es revestirla con la intención de otorgar, del amor por el prójimo. La intención es lo más importante, porque da testimonio de la esencia de la acción. El punto no es si recibo o doy, sino lo que espero de esta acción: ¿recibir u otorgar?, es lo que determina todo.

Si llega a la Tierra un extraterrestre y mira cuán duro trabaja un individuo a lo largo del día y al fin del día entrega todo el dinero que ganó a un vendedor de una tienda, o a un cajero en un banco, le sorprendería: “¡Qué acto de otorgamiento!” Pero entendemos que entrega porque después recibe algo aún más valioso para él.

Resulta que la acción misma no dice nada y todo está determinado por la intención. Esta es la diferencia entre un animal y un ser humano: el animal capta sólo la acción misma. Es imposible hablar con él sobre la intención, sin embargo, es posible entrenar a un animal y explicarle algo sobre las intenciones del dueño, con la ayuda de acciones. Pero, en general, un animal capta sólo la acción: si le das, eres bueno, si no, eres malo.  

El individuo actúa con una intención y es distinto a los animales. Somos animales por naturaleza, pero cuanto más nos sobreponemos al nivel animal -por la educación y los hábitos adquiridos-, mayor importancia tiene la intención. Toda la ficción, el cine y las bellas artes hablan de las intenciones, no de los actos mismos. Cuánto más difiera la intención de la acción, surgen evidentes dramas, conflictos y confrontaciones y por lo tanto, es difícil entender y sentir la intención y es complicado expresarla. Y cuando finalmente la intención se conecta con la acción, lleva a una solución, a un desenlace.1

La intención con el fin de otorgar, sólo puede alcanzarse desde la luz que reforma, porque esta luz viene del sistema donde todos estamos interconectados. Resulta que comienzo a sentir al otro de forma inseparable a mí y por lo tanto, mi actitud hacia él cambia y le otorgo como si yo mismo recibiera. El otorgamiento hacia él se convierte en recepción, como si yo estuviera otorgando a mi propio niño.

Entendemos el ejemplo con un niño; es incluso mucho más placentero para nosotros darle a un niño, más que a nosotros mismos. De forma similar, debemos percibir a un extraño, como si fuera nuestra parte inseparable. Con este propósito existe la luz que retorna a la fuente, la cual tiene el poder de mostrarme que mis amigos y yo somos partes de un solo cuerpo y que al otorgarles a ellos, parece que yo mismo recibo.  

Por lo tanto, el cambio de la intención sólo es posible dentro de un grupo y con la ayuda de la luz que reforma.2

La enseñanza debería ser una acción práctica dentro de la decena, más que especulaciones mentales. Debe entrar a nuestra materia, en nuestra conexión, porque la unidad es la matriz de toda la realidad. No existe otra realidad, más que la decena. Si practico todas las escenas dentro de mi decena, integrando en ella todos los materiales de los artículos —las diez Sefirot, los mundos superiores, los Partzufim, el rompimiento y la corrección —éste es el estudio verdadero de la ciencia de la Cabalá en práctica, la Cabalá práctica.

Después de la lección, soy completamente distinto a cómo era antes y mi decena es también diferente, porque dimos un salto en el camino.3

¿Qué me impide sentirme en perfección, completa abundancia y unido al Creador? El mundo se disfruta y es bello, está lleno del Creador y soy eterno y perfecto en él. ¿Por qué me siento diferente ahora? La diferencia entre estos dos estados está solo en mi sensación. Si no hago cálculos con mi deseo egoísta de disfrutar y quiero estar en el deseo de otorgar, entonces doy placer al Creador diciendo: “Siento la eternidad en lo que Tú me has dado. No necesito nada más y estoy feliz de que Tú existas y cuides de mí”.

¿Quién me impide sentir tal gozo y llenado, excepto mi egoísmo y orgullo?4

Al final de la corrección, todo el mundo se vuelve absolutamente bueno, como está escrito, que “El lobo habitará con el cordero”. Israel (aspirando al Creador) es el Rosh (cabeza) del Partzuf, el alma común de Adam HaRishon. Adam no tenía Rosh; nació como animal, como ángel. Un ángel es el nivel animado de la santidad y un animal no tiene mente, no tiene Rosh.

Ahora, debido a las clarificaciones, el Rosh empieza a crecer sobre los niveles de Shoresh, Alef, Bet, Gimel y Dalet. Nosotros somos Rosh, luchando para la revelación del Creador, para la unidad. El Guf (cuerpo), existe debido al Rosh y no puede vivir sin él.  Adam tenía Rosh al nivel de Jassadim, es decir, al nivel animado. Cuando quiso tener Rosh con la luz de Jojmá (sabiduría), es decir, al nivel del humano, se fragmentó. La corrección consiste en volver a unir el Rosh y el Guf —ésto será la corrección del mundo, de la realidad. Todos gozarán de las buenas conexiones en la luz de Jassadim y serán llenados con la luz perfecta de Jojmá. Ésto se conoce como el fin de la corrección.5
De la primera parte de la lección diaria de Cabalá 30/abr/19, “No hay nada más que Él” (Preparación para el Congreso América Latina 2019)
1 Minuto 30:12
2 Minuto 34:00
3 Minuto 1:03:57
4 Minuto 1:16:40
5 Minuto 1:58:57

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