Es hora de revisar cómo clasificamos a la gente

Mi nuevo articulo: «Es hora de revisar cómo clasificamos a la gente«

Una de las primeras preguntas que suele hacerse en una reunión es: “¿Qué haces?” es decir, ¿a qué te dedicas?

Hay dos cosas que generalmente queremos saber cuando hacemos esa pregunta: 1) cuánto ganas y 2) cuál es tu rango en el estrato social. De hecho, si le dijeras de inmediato a tu nuevo conocido lo que ganas, ya no preguntará por el trabajo que haces ni por tu estrato social. Con tu sueldo podrá clasificarte.

Pero, ¿qué haces cuando el dinero no tiene sentido?

Nos dirigimos hacia una realidad de desempleo generalizado en la que muchos se quedarán sin trabajo permanente, no por su voluntad, sino porque no habrá empleos que ocupar. Este no es un escenario a futuro. La COVID-19 provocó esta realidad. Si inicialmente se suspendió a la gente, ahora está siendo despedida a medida que más y más empresas se adaptan a una realidad de baja demanda permanente.

Ya escribí innumerables veces en ensayos y en libros, sobre la obligación de los gobiernos de dar a los desempleados un ingreso básico, y que este ingreso debe depender de su participación en sesiones que hablen a las personas sobre la realidad que hizo que los despidieran. Si bien es esencial saber que el mundo se volvió totalmente interdependiente y que para sobrevivir debemos ser responsables unos de otros, también debemos cuidar el sentido de autoestima de la gente.

Para decirlo de otra forma, hay tres elementos que las personas deben mantener para poder llevar una vida satisfactoria: 1) provisiones físicas (productos básicos), 2) comprender el mundo en el que viven y 3) un sentido de dignidad y autoestima. Sin esos tres elementos, la gente viviría en la desesperación y muchas recurrirían a la violencia, que destrozará a la sociedad.

Pero como, finalmente, las figuras públicas satisfacen los deseos del público, el público debe demostrar que respeta a las personas que dan a la sociedad, y lo más importante, la unen. No hay duda de que una sociedad cohesionada es una sociedad resistente. Además, la gente es más feliz cuando vive en un entorno de apoyo. Necesitamos demostrar que esta es la sociedad que queremos y que pagamos a los que nos ayudan a unirnos con respeto, dignidad y elogios. Si lo hacemos con convicción y demostramos resueltamente que condenamos a los que explotan a los demás, incluso las personas más ricas y poderosas renunciarán a su poder y fortuna a cambio de aprecio.

“No debes olvidar que no importa cuántos miles de millones tengas, si la gente no lo sabe y no te respeta”.

Por lo tanto, si los valores sociales cambian, también lo harán los deseos de cada uno, pues nada es más poderoso que la opinión del público sobre una persona. Si mostramos los valores que queremos, el tipo de persona que respetamos, crearemos una sociedad hecha de esas personas.

El padre de mi maestro, el prolífico pensador y cabalista, Baal HaSulam, expresó todo el concepto en un breve párrafo: “De hecho, cualquiera con experiencia sabe que el mayor de los placeres imaginables del mundo es ganar el favor de la gente. Para obtener esta codiciada condición, vale la pena hacer todos los esfuerzos y concesiones mundanas. Este es el imán al que se sienten atraídos los mejores de cada generación y por él, minimizarían toda la vida mundana”.

Cuando respetamos a la gente que contribuye a nuestra solidaridad, esa contribución será la nueva moneda. Mientras más contribuya, más “rico” serán a los ojos de la sociedad y también ante sus propios ojos, a medida que el respeto sea la nueva moneda. Si empleamos esta táctica, navegaremos por nuestras comunidades y países a un lugar seguro en las aguas tormentosas de la COVID-19 y más allá.

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