La educación superior está en su punto más bajo

De mi página de Facebook Michael Laitman 14/ago/20

La educación superior nunca estuvo en un punto tan bajo. Del cenit de ser posesión exclusiva de monjes solitarios que dedicaron su vida a ahondar en textos secretos antiguos, en monasterios aislados, la ciencia se convirtió en una herramienta en manos de ricos y poderosos para dominar, explotar, manipular e intimidar a los rivales y al público en general. Humanidades y ciencias sociales, que alguna vez debatieron ideologías y discutieron los méritos y deméritos de la naturaleza humana y de la humanidad, ahora se usan como herramientas de adoctrinamiento para plantar dogmas en mentes jóvenes y maleables.

Incluso la historia, un campo de investigación que se suponía que era un estudio sencillo del pasado, está sujeto a tantas interpretaciones y distorsiones que nadie puede ponerse de acuerdo ni siquiera sobre los hechos. Pregunta a mil historiadores y escucharás mil opiniones, a menudo totalmente contradictorias, sobre el mismo evento y con base ​​en la misma evidencia.

Las universidades fueron un lugar donde se iba a crecer como persona, ampliar horizontes, aprender sobre el mundo en el que vivimos, sobre las ideas que impregnan a la sociedad y a formular una opinión sobre el mundo. Pero desde que las universidades se volvieron dependientes del financiamiento privado, su fachada como establecimientos intelectuales, ya no es más que fachada. Hoy, cuando ingresas a la universidad, puedes saber, desde el primer día, cuál será tu posición y afiliación política cuando te gradúes.

Para tener mérito, humanidades y ciencias sociales deberían estar desconectadas de las ciencias duras y ser reconocidas por lo que son: interpretación personal de la realidad, con base en antecedentes y conocimiento individuales. Tal como están las cosas, actualmente las universidades son tanto la fuente de la fragmentación que está desintegrando la sociedad, como un centro donde la intolerancia, división y enfoques destructivos, se alimentan en nombre de la “libertad académica”.

El título académico aún goza de respeto, especialmente los títulos superiores. Sin embargo, si las cosas continúan desarrollándose como lo han hecho durante varias décadas, las universidades perderán todo mérito ante los ojos del público. Según la institución de la que te hayas graduado, se sabrá qué opinión política esperar y en consecuencia, la gente decidirá si escucharte o no.

Por supuesto, el aprendizaje académico tiene beneficios. Poder formular pensamientos de manera coherente y clara es muy importante para todos. Además, las reglas de la escritura académica nos permiten repasar grandes cantidades de material muy rápido sin perder información esencial. Aprender a cumplir plazos, manejar la presión y colaborar con compañeros para lograr mejor resultado, es muy importante en el aprendizaje académico. Sin embargo, el precio de deformar la mente joven para que logre esas habilidades, no parece justificarlo, sobre todo porque hay otras formas de conseguirlo.

Y quizás la mayor pérdida de todas es la filtración del permiso para interpretar las ciencias duras. No se puede llamar a algo “ciencia dura” o “ciencia exacta” si se basa en interpretar en lugar de medir resultados. Si puedes jugar con números, de igual modo que juegas con palabras, ni los números ni la ciencia que estudias tienen sentido. Por eso, las ciencias duras deben separarse de las instituciones que enseñan humanidades y ciencias sociales y estas dos últimas, no deben ser consideradas ciencias en absoluto, pues no lo son.

Peor aún, las instituciones de educación superior no dan a los estudiantes el conocimiento necesario para el mercado laboral actual. La capacitación profesional ya es más efectiva para los empleadores que la universidad o el título universitario. Pues, el conocimiento, capacitación y experiencia profesional de los solicitantes que recibieron capacitación profesional es mucho más relevante para lo que necesitan los empleadores, a menudo los preferirán sobre los solicitantes que tienen amplia experiencia general, pero poco del conocimiento profesional requerido y que necesitarán más capacitación para convertirse en trabajadores productivos.

Para merecer su nombre, la educación superior debe centrarse, ante todo, en adquirir habilidades sociales y de comunicación, capacidad para articular sentimientos, admitir puntos de vista en conflicto y dar cabida a perspectivas diversas en una sociedad vibrante. Dicho de otro modo, la educación superior debería tener como objetivo elevar el nivel de humano en el hombre. La educación debe ser inmune en términos de prejuicios políticos (por más difícil que sea) y centrarse en el pensamiento creativo e inclusivo, para crear individuos de mente amplia, en lugar de lo que sucede hoy. A menos que la academia cambie de rumbo rápido, será demasiado tarde para salvarla.

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