Progresistas y conservadores: una interdependencia reacia

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Podemos seguir culpándonos unos a otros de todos nuestros problemas y sentirnos bien con nosotros mismos, pero la indignación justa nunca hizo que nadie fuera bueno. A menos que reconozcamos que el odio conduce a más odio y que eventualmente conduce a la muerte, terminaremos en una masacre.

De la protesta a la contra-protesta, a la contra-contra-protesta, no llegamos a ninguna parte. Nada saldrá, excepto intensificar el odio hasta el punto del colapso.

Construimos una sociedad que no busca unidad, donde cada uno debe simpatizar con un determinado punto de vista, partido, ideología, escuela, etc. y parte de esa simpatía se expresa en refutar el mérito del otro lado con creciente intensidad. Hoy, ese repudio llegó a un nivel en el que cada lado piensa que el otro es un peligro para la nación, un peligro para el país, para la democracia, para el estado de derecho, para la libertad de expresión y, por lo tanto, debe dejar de existir.

Cuando construyes una sociedad donde el mérito está del lado con más fuerza, el lado que está hoy en la cima, te condenas a ti mismo a vivir por la espada y morir por la espada o la bala. La razón de la caída de todas las grandes naciones, desde los albores de la historia, fue precisamente eso: sus gobernantes consideraron que sólo sus perspectivas eran dignas y negaron el mérito de cualquier otra opinión.

Pero a pesar de la creencia común, cuando extingues a tu rival, te sentencias a la extinción.

Todos pensamos que tenemos razón. Es nuestra naturaleza: Así pienso, luego tengo razón, parafraseando las palabras de Descartes. Pero olvidamos que todos estamos hechos de la misma materia. El mismo programa que me diseñó, moldeó y generó, diseñó, moldeó y generó a todos los demás.

El programa, conocido como “naturaleza”, nos diseñó ligeramente diferentes, no para que lucháramos hasta la muerte, sino para que todos juntos completemos la imagen. La naturaleza necesita todas sus facetas, especialmente los opuestos más extremos, para definir y expresar sus sutilezas. No podrías definir “día” en ausencia de “noche”, “frío” en ausencia de “calor”, “amor” en ausencia de “odio” ni “vida” en ausencia de “muerte”.

Del mismo modo, no se podría definir “progresista” en ausencia de “conservador” ni “fiel” en ausencia de “agnóstico”. Nuestros opuestos son vitales porque sin ellos, no podemos saber quién somos ni articular nuestro pensamiento sobre nosotros mismos.

Dependemos de los que detestamos, despreciamos y demonizamos porque sin ellos, no existiríamos como seres humanos. Vivimos en un sistema dual de principio a fin.

Pero hay una buena razón para el desacuerdo perpetuo: nos obliga a dirigir nuestra atención al programa común que nos creó: la naturaleza.

La naturaleza es integral y está hecha de opuestos unidos. Cuando pensamos en unidad, pensamos en cercanía de corazones y mentes. Pero eso no es unidad; es igualdad. Y así como no te unes a tu propio reflejo en el espejo, tampoco te unes a alguien que se parece a ti en todos los sentidos. Te sientes cercano, pero no estás unido, sólo te pareces. Puede sentirse bien, pero conduce al estancamiento y eventual decadencia. Para crecer, debe haber dos opuestos que se desafían entre sí.

Por eso, la unidad es el esfuerzo conjunto de dos opuestos, para vincularse a pesar de su animosidad inicial. Su oposición no puede ni debe borrarse, pues se convertirá en igualdad. Para unirse, las dos partes deben valorar la existencia de la otra, pues sin la otra, ninguna de las dos existiría. Esa apreciación crea un nuevo tipo de cercanía que existe junto con la animosidad.

Además, las dos partes deben apreciar su unidad más que su animosidad inherente o volverán a la destrucción mutua. El rey Salomón lo expresó sucintamente en sus palabras inmortales: “El odio suscita contiendas y el amor cubre los crímenes” (Proverbios 10:12).

Es muy fácil caer presa del odio. Odiar se siente genial; no hay muchas emociones tan satisfactorias como la justicia propia. Pero siempre debemos recordar que es un cebo que no debemos morder. Si lo hacemos, caemos en decadencia y nos desintegramos. Si resistimos la tentación de odiar y reconocemos que existe el otro lado para dirigir nuestra atención a la naturaleza que nos creó a ambos, nos conectaremos con esa naturaleza y entenderemos nuestro potencial como seres.

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