Hay un Jessica Krug en cada judío

Mi nuevo articulo: «Hay un Jessica Krug en cada judío«

Hace unos días, Jessica Krug, una profesora de historia africana de la Universidad George Washington, confesó que durante muchos años había fingido ser descendiente afro-latina, pero, en realidad, es blanca y judía. Como parte de su identidad, incluso habló contra el estado de Israel y la brutalidad policial. Según JTA, “declaró virtualmente, en una reunión del Concejo de la Ciudad de Nueva York en la que criticó al Departamento de Policía de Nueva York porque fue entrenado por el ejército israelí”.

La confesión dejó a todos en estado de shock y ella, aparentemente se encuentra profundamente arrepentida. “Definitivamente no debería existir”, escribió. “Deberían excluirme totalmente, yo misma me excluyo”, continuó. Hacia el final, escribió: “Tengo que descubrir cómo ser una persona que antes no existía”.

Sin embargo, Jessica Krug no es excepción. Es una expresión excéntrica de un problema que padecen la mayoría de los judíos y los judíos estadounidenses son el ejemplo más claro. El problema del que hablo es la negación de la esencia y el propósito del judaísmo.

Nos gustaría pensar que podemos ser como los demás, pero no lo somos. El mundo lo sabe y nos trata de manera diferente, es hora de que hagamos lo mismo. Nos culpan por sus guerras y problemas y no ayudará decirles: “No es culpa nuestra”; no nos creerán.

Tenemos que entender que nuestra “culpa” como escribí en La elección judía: unidad o antisemitismo, es porque no traemos unidad al mundo, por esto las naciones nos odian, porque hacemos que se odien entre sí. Reitero: El mundo siente que somos causantes de su odio mutuo, por esto nos odian.

Por supuesto, no tratamos de hacer que la gente se odie, pero tampoco tratamos de unirnos nosotros. Y como nos monitorean de cerca y vigilan cada paso que damos, somos ejemplo constante del odio, desunión y mala voluntad en nuestras relaciones mutuas, cotidianas. Al hacerlo creamos una atmósfera de beligerancia y odio entre las naciones, en consecuencia, sienten que el odio se origina en nosotros y nos culpan por causar sus guerras.

Ser “luz para las naciones” no es un lema metafórico y obsoleto. Nos convertimos en nación, precisamente con ese propósito y no para ser estadounidenses, alemanes o chinos. No es coincidencia que se nos ocurriera el lema increíblemente altruista: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Aquí es donde radica nuestra singularidad: intentar vivir según ese lema. Incluso si fallamos, simplemente intentándolo nos convertiremos en el ejemplo que el mundo admirará y tratará de emular.

Pero no lo entendemos, tal como Jessica Krug afirmó, no deberíamos existir. En esta creencia ella no es la excepción; ¡ella es la norma entre nosotros! Yo, que aprendí de mis maestros que los judíos deben unirse por encima de sus diferencias, servir como modelo de unidad para las naciones y que esta es nuestra vocación como nación, soy la excepción.

Oro porque pronto, más judíos me escuchen para que mis advertencias no pasen desapercibidas, como lo fueron las advertencias de Baal HaSulam, padre de mi maestro, en Polonia en la década de 1930.

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