El último plan para dividir a Israel, ¿separarlo en cantones?

Mi nuevo articulo: «El último plan para dividir a Israel, ¿separarlo en cantones?«

El último capricho de quienes quieren ver la desintegración de Israel, es dividirlo en cantones. “Tiene mucho sentido”, dicen, “¡Seremos como Suiza!” ¿Y por qué no? Los que quieran un estilo de vida liberal, vivirán en el cantón de Tel-Aviv, los que quieran un estilo de vida ortodoxo, vivirán en Bnei Brak y así otros. Todos se saldrán con la suya y seremos felices.

Si lo hacemos, mejor hacemos las maletas y nos vamos ahora. No venimos a Israel para vivir en tribus separadas; venimos para reunir al pueblo judío. No podemos esperar que 2,000 años de exilio no hayan dejado marca en nosotros, pero si no queremos revivir nuestra identidad común, es mejor que nos vayamos ahora, porque eso desafía el propósito de nuestra venida aquí y el significado de ser judío.

Los judíos nunca han sido similares entre sí. Nuestros antepasados ​​fueron marginados de varias tribus y creían que sólo al superar nuestras diferencias, podríamos lograr la verdadera unidad. El rey Salomón llamó a este lema “El amor cubrirá todas las transgresiones” (Proverbios 12:10) y RASHI explicó que el lema de Rabí Akiva, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, es la gran regla de la Torá.

En otras palabras, no estábamos destinados a dejar que nuestra separación permaneciera, sino a elevarnos por encima de ella y unirnos. El mundo entero está formado por naciones separadas, que no tienen idea de cómo unirse. Luchan entre sí a muerte; han pasado por dos guerras mundiales; están unas contra otras y nadie sabe cómo evitarlo. La única forma de hacerlo es si todos encuentran un modo de unirse por encima de sus diferencias inherentes e inmutables.

Nosotros, los judíos, fuimos los únicos que lo intentamos, cuando, por primera vez, formamos la nación y los únicos que lo logramos, aunque por períodos muy breves y con innumerables enfrentamientos, entre esos períodos. Sin embargo, ese intento exitoso o quizás mejor definido como “esfuerzo”, nos dio la misión de ser “luz para las naciones” y de mostrar el camino para forjar la unidad entre pueblos diferentes y hostiles.

Subconscientemente, esta fue la razón por la que, en 1947, las naciones votaron a favor del establecimiento del Estado judío en la tierra de Israel. El Holocausto fue ciertamente el ímpetu, pero no deberíamos ser tan ingenuos como para creer que países que no dejaron entrar a refugiados judíos que lo suplicaban, antes y durante la Segunda Guerra Mundial, repentinamente, cuando terminó, se volvieron filosemitas.

A pesar de su aversión innata por los judíos, el mundo nos dio un Estado soberano, la oportunidad de restablecer nuestra nación. Y como nuestros antepasados ​​fueron extraños que se unieron, cuando nosotros, no estamos unidos, somos extraños. Si aceptamos nuestra alienación y dividimos el país en cantones, admitiremos que somos incapaces de conectarnos, las naciones sentirán que renunciamos al esfuerzo de unirnos y de dar el ejemplo de unidad por encima del odio, que tanto necesitan, ese será el fin del Estado de Israel.

Nuestra división no desaparecerá; nunca estaremos de acuerdo. Pero, a pesar de todo, no debemos desanimarnos de luchar por la unidad. Si nos esforzamos por la unidad como un valor en sí mismo, una meta digna que debemos lograr, aunque sólo sea para servir como ejemplo, encontraremos que nuestro rechazo mutuo no es más que la razón y el ímpetu para lograr unidad y solidaridad. Sin odio, no tendríamos necesidad de lograr amor. Sin rechazo, no tendríamos necesidad de forjar conexiones. Y sin conexión, no somos nación.

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