Israel y el pueblo de Israel, ¿a dónde van?

Mi nuevo articulo: «Israel y el pueblo de Israel, ¿a dónde van?«

El 10 de mayo de 2021 comenzó la Operación Guardián de los Muros. Durante doce días seguidos, los cohetes traumatizaron a los ciudadanos israelíes. A medida que se reavivó el conflicto árabe-israelí, un levantamiento de árabes israelíes sembró miedo en el corazón de los judíos israelíes, el antisemitismo en el mundo se intensificó y la hostilidad de la comunidad internacional hacia el Estado de Israel, estalló. Sin embargo, mientras que el Estado de Israel y el pueblo judío en su conjunto se enfrentan a una terrible tormenta, gran parte de la nación ignora el peligro. Para comprender cómo llegamos a la situación en la que nos encontramos, debemos ir hacia atrás, no sólo en nuestra propia historia, también a la historia de la humanidad, para ver cómo se entrelazan las dos.

Detrás de todas las vicisitudes y trastornos en los anales de la humanidad, se encuentra un único motor: el ego. A lo largo de eones, evolucionó, se transformó y se convirtió en un caudillo enloquecido e insaciable, que maneja a nuestros gobernantes, define nuestras conexiones sociales y lleva a la humanidad hacia el abismo. En síntesis, no tenemos otro problema, sólo nuestro propio ego. Si lo resolvemos, habremos resuelto la mayoría de nuestras dificultades.

Ha habido varios puntos de inflexión en la evolución del ego humano. El primer punto fue hace aproximadamente 3,800 años en el Creciente Fértil, en el momento en que el Imperio de babilonia estaba en su apogeo. Fue un período relativamente corto, en el que la tranquilidad social y la vida relajada que caracterizaba a la población que residían entre los dos grandes ríos, Tigris y Éufrates, se vio teñidas de mala voluntad y beligerancia.

La desintegración de la sociedad llevó a un hombre a preguntarse qué estaba sucediendo y ese hombre se convirtió en uno de los individuos más importantes en la historia de la humanidad: Abraham. Cuando Abraham investigó por qué la gente se estaba volviendo hostil, se dio cuenta de que la causa era el creciente ensimismamiento. Para combatir este desorden, hizo circular la idea de que se debe cultivar unidad y solidaridad para remediar el creciente egoísmo. Por eso, hasta hoy, Abraham simboliza los atributos de misericordia y bondad.

Las autoridades babilónicas no estaban interesadas en las ideas de Abraham. Finalmente, expulsaron al rebelde revolucionario, que creía en el amor a los demás, junto con los que adoptaron sus ideas. A medida que Abraham se dirigía hacia el oeste, hacia Canaán, su séquito crecía y más y más gente se daban cuenta del beneficio de elegir responsabilidad mutua y amor por los demás, por sobre la individualidad y hostilidad mutua.

El grupo de Abraham soportó innumerables pruebas a su compromiso mutuo y (principalmente) a la idea de unidad por sobre el odio. Cada prueba lo hacía más fuerte y se unía más, hasta que finalmente, después de siglos de lucha por la unidad, su vínculo se volvió tan fuerte que el grupo de extraños se convirtió en una nueva nación en el mundo, única en todos los sentidos, compuesta por personas sin parentesco físico, pero juntas por la idea de la unidad misma.

Aún después de que engendraron la nación, el pueblo israelí siguió alternando entre división interna y total solidaridad. No es coincidencia que esta nación, que vivió de primera mano innumerables variaciones de conexión y desconexión, le dio al mundo dos de las nociones más altruistas jamás concebidas: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18) y “Lo que odias, no lo hagas a los demás” (Masejet Shabat, 31a). De hecho, los judíos, que aprendieron que “la inclinación del corazón de un hombre es mala desde su juventud” (Génesis 8:21), también aprendieron que la solución al odio no es la guerra, sino amar a los demás como a nosotros mismos.

Además, los judíos antiguos aprendieron que es imposible borrar la inclinación al mal, que, de hecho, si no la tuviéramos, no tendríamos ningún incentivo para forjar unidad. Por eso, el rey Salomón, el más sabio de todos los hombres, concluyó sucintamente: “El odio suscita contiendas, pero el amor cubrirá todas las transgresiones” (Proverbios 10:12).

Los grandes logros de los judíos no pasaron desapercibidos. Durante el período del Segundo Templo, tanto expertos como laicos vinieron a Jerusalén para aprender de los hebreos. Los filósofos griegos aprendieron de los profetas, Ptolomeo II, rey de Egipto, convocó a setenta sabios a su capital, Alejandría, donde le enseñaron a gobernar y tradujeron el Pentateuco al griego y la gente común llegó a Jerusalén para presenciar “la prueba definitiva de unidad”, como lo describió el filósofo Filón de Alejandría.

Pero nuestra nación no mantuvo su altura. Desde el cenit de ser modelo a seguir y luz para las naciones, nos sumergimos en el nadir del odio mutuo, que generó dos sangrientas guerras civiles. En el apogeo de la primera, el Imperio seléucida destruyó el Templo y conquistó Jerusalén, pero finalmente fue expulsado por los Macabeos. En la segunda, nuestro odio mutuo minó nuestra fuerza y ​​resiliencia y los romanos conquistaron la tierra, destruyeron el Templo y exiliaron a la nación.

Desde entonces, estamos en el exilio. Hemos dado a la humanidad innumerables innovaciones tecnológicas, ideologías revolucionarias, artistas, novelistas, intérpretes y pensadores ilustres, pero el mundo no perdona que traicionemos nuestra misión: ser modelo de unidad, luz para las naciones. Henry Ford, mientras vilipendiaba al judaísmo moderno, añadió un consejo a sus lectores: “Los reformadores modernos, que construyen sistemas sociales modelo en el papel, harían bien en investigar el sistema social bajo el cual se organizaron los primeros judíos”.

Es hora de que cambiemos de ruta. Aquí en Israel y en el mundo, los judíos deben reconectarse con su legado: el amor cubre todas las transgresiones y la unidad trasciende todas las divisiones. Con su odio, el mundo nos dice que no quiere lo que le damos. Es claro que no nos agradece nuestras innovaciones, nuestras contribuciones culturales, nuestra magia financiera ni nuestro ingenio político.

Si queremos ganarnos el favor del mundo, debemos darle lo que quiere y ser una vez más, el pueblo de Israel: unirnos por encima de la división. En estos fatídicos días para nuestra gente, debemos recordar lo que llegamos a ser, lo que se supone que debíamos lograr y lo qué estamos destinados a dar al mundo. Posteriormente, debemos cumplir nuestro juramento de unirnos “como un hombre con un corazón” y convertirnos, una vez más, en la nación que elige responsabilidad mutua y amor por los demás, sobre la individualidad y la hostilidad.

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