Conexión con el Creador

La actitud del hombre hacia el Creador nunca es simple, porque el amor y el miedo siempre están entrelazados. Por un lado siento una gran diferencia entre nuestros grados y el control total del superior sobre mí. Como aún estoy dentro de mi egoísmo, naturalmente trato de adherirme a Él de manera egoísta.

Incluso si cambio mi actitud, sigo dependiendo de Él y no soy libre. Por eso siento un miedo animal. Pues, soy Su creación; la primera palabra es siempre suya y la última también es suya. Es tal dependencia y control que ni siquiera lo reconocemos por completo, como los niños pequeños que no notan el control de sus padres.

¿Cómo, con esta dependencia, puedo seguir teniendo libre albedrío y libertad de acción para tener derecho a decir que en mi devoción al Creador soy el primero y soy el último? De lo contrario, esta conexión no puede considerarse libre si me adhiero a Él como esclavo al amo.

Por eso, se nos da la Torá, para recibir del Creador fuerza y definiciones y formar la actitud correcta hacia Él. No podemos conocer la esencia misma del Creador, pero estudiamos nuestras conexiones y relaciones con Él e imaginamos cada vez mejor esta fuerza superior que nos creó. Por las acciones del Creador en nosotros, en el mundo, en la sociedad humana, conocemos Su mente y sentimientos, la fuerza que lo creó todo.

Por lo tanto, nuestra conexión con el Creador tiene dos componentes: la Torá y el trabajo. Así construimos la imagen del Creador dentro de nosotros y llevamos nuestras cualidades a una similitud cada vez mayor con esta fuerza superior que nos es desconocida.

Como si reuniéramos todas las cualidades opuestas a Él que hemos descubierto y las transformamos en las opuestas para ordenarlas en la forma correcta. Dado que están destrozadas, debemos conectarlas correctamente. Con el resultado, entenderemos que este es el Creador, Su esencia, Su forma, Su actitud hacia nosotros.

Con la corrección de la ruptura comenzamos a comprender, en sus fragmentos lo que se rompió y cómo corregirlo, es decir, conectarlo y qué conexión y dependencia debe haber entre todas las partes para que se completen. En esta complementación mutua, revelamos la sabiduría divina y el pensamiento de una parte está conectada con la otra.

Basta mirar nuestro universo, lo enorme y contradictorio que es, la ruptura que podemos ver en él y al mismo tiempo, la conexión, la dependencia de unos a otros. Es un sistema integral en el que nada se puede sumar ni sustraer en ningún fragmento, en ningún átomo o en ninguna acción.

Por el momento nos parece fragmentado, pero si corregimos nuestra mente y sentimientos, podremos ensamblar todo el universo en un sistema, como realmente es: un deseo y una fuerza que está dentro del deseo. Así estaremos en el estado que existía antes de la destrucción, que se llama «Él y Su nombre son uno».

Él es la luz, la fuerza superior de otorgamiento y amor, que habita en Su nombre, es decir, en la vasija, en el deseo creado por Él, que adquiere la forma de luz, la cualidad del Creador. Aunque el deseo en sí mismo es opuesto al Creador, trabaja en la misma dirección, en la misma inclinación por la unidad que el Creador.
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De la 1a parte de la lección diaria de Cabalá 4/nov/21, Baal HaSulam, Shamati #45 «Dos discernimientos en la Torá y en el trabajo»

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