Érase una vez un hombre que vivía muy mal y pecaba. Decidió entrar en razón y empezó a hacer buenas acciones, pero no notó ningún cambio significativo para bien.
Un día iba caminando por la calle y vio que a una anciana se le había caído un botón de su abrigo. Lo mira y piensa: «¿Lo levanto o no? Tiene muchos botones», decide cogerlo de todos modos, alcanza a la anciana, le da el botón, sigue su camino y se olvida del asunto.
Cuando falleció, esperaba el juicio al infierno o al cielo. Había una balanza: el lado izquierdo de la balanza, Libra, estaba lleno, es el lado del mal; el lado derecho, el que mide el bien, estaba vacío. Cree que va camino del infierno cuando llega un ángel, pone un botoncito en el platillo derecho de la balanza e inclina la balanza hacia el lado del bien.
El hombre estaba asombrado: «¡Solo un botón inclinó la balanza!» Oyó decir al ángel: «Al pensar que hacías buenas obras, éstas desaparecieron. Pero fue precisamente este botón que olvidaste lo que bastó para que te salvaras.»
La cuestión es que, como es natural pensar que has hecho el bien, te encuentras siempre pensando en el bien que has hecho cada día. Pero resulta que esto no es realmente bueno en absoluto y que aquello en lo que no pensaste para nada, sino que olvidaste, fue algún tipo de buena acción. ¿Por qué? ¿Por qué no puedes contar las buenas acciones de este mundo?