En la espiritualidad no existe el concepto de acuerdo o desacuerdo con lo que sucede. En el camino espiritual, reconocemos y aceptamos el estado en el que nos encontramos, que depende de la intensidad de la luz que brilla sobre nosotros. Cuando brilla cierta luz y nos mantiene en un estado específico, se nos puede llamar «ladrones». Si brilla menos luz, se nos considera un «ladrón». Si brilla más luz, somos una «persona justa». Por lo tanto, no tiene sentido lamentarse: «¡Oh, no, soy un ladrón!». El estado surge de forma natural y solo entonces lo definimos y le ponemos nombre. Podemos engañarnos a nosotros mismos con la etiqueta: «Soy justo», pero esto no cambiará nuestro estado ni nos hará justos. Solo alterará cómo nos sentimos.
Así pues, debemos centrarnos en aceptar nuestro estado tal como es, en lugar de reaccionar ante él. Nos guste o no, estemos de acuerdo o no, así es la realidad. Cuando empezamos a comprometernos con la interioridad, descuidamos la corporalidad casi por completo. Este fenómeno no se puede juzgar como bueno o malo. Como en la naturaleza, no juzgamos a un león por cazar una gacela; su naturaleza le obliga a hacerlo. Del mismo modo, para los que están en el camino espiritual, la naturaleza del trabajo espiritual requiere una renuncia constante a la corporalidad.