La espiritualidad existe más allá de la velocidad de la luz. Está en constante movimiento, en un estado de aceleración continua. En la espiritualidad, una velocidad constante se considera igual a cero, una parada total. Solo se perciben los cambios de velocidad, ya sean positivos o negativos, de aceleración o desaceleración.
También podemos observar este concepto en aspectos de este mundo. Si un recipiente se llena constantemente de placer, no siente que haya recibido nada. Debe haber un nuevo recipiente, un deseo adicional y en consecuencia, un placer adicional. Más deseo conduce a más placer, menos deseo resulta en menos placer.
Pero debe haber una distinción entre lo anterior y lo posterior. Si lo anterior duró diez horas, todas esas horas se perciben como un solo momento. Lo que no cambia es como un solo instante. Ya sea un millón de años o un solo segundo, es lo mismo.
Por lo tanto, en la espiritualidad, un estado de reposo absoluto es en realidad un cambio de velocidad. Esta velocidad en sí misma no determina nada para nosotros. La anticipamos en cada corrección y permanecemos siempre listos para el cambio. Este es el fin de la corrección. El fin de la corrección se llama «descanso eterno». Algunos lo confunden erróneamente con la muerte. En general, en nuestro mundo, se cree comúnmente que el otro mundo es la morada de los muertos.
Debemos comprender, pues, que solo un estado en el que podemos aceptarnos sin ninguna limitación —todas las restricciones, satisfacciones, ocultaciones y revelaciones— se llaman estado de reposo. El verdadero reposo es ilimitado. En tal estado, ya no nos agobia el esfuerzo. Nada nos impide actuar como deseamos.
Movimiento y reposo
El esfuerzo se produce cuando sentimos un ascenso y lo aprovechamos al máximo para intensificar la sensación, aumentar la conciencia y profundizar nuestra comprensión de la espiritualidad. Así es cómo fortalecemos nuestra comprensión de la espiritualidad utilizando todos los medios disponibles. Incluso ante la más mínima oportunidad desde arriba, debemos esforzarnos.
Durante un descenso, es difícil esforzarse y, durante un ascenso, no lo hacemos con nuestras propias fuerzas; en cambio, se nos concede un ascenso y por lo tanto, recibimos un despertar. Si no se nos concede un ascenso tampoco recibiremos un despertar; entonces, ¿qué aportamos de nosotros mismos? No se trata de la cantidad de esfuerzo, sino de las oportunidades que se nos presentan. Cuando estamos en un estado de ascenso tenemos la oportunidad de aferrarnos firmemente a los discernimientos espirituales con todas nuestras fuerzas, para penetrarlos y reconocerlos más profundamente. Necesitamos sumergirnos en estos discernimientos tanto como sea posible para que incluso si se produce un descenso, aunque nos esforcemos por no tenerlo nunca, llevemos con nosotros Reshimot (registros espirituales, impresiones) y una comprensión que ya se encuentra en un nivel diferente al anterior.
En otras palabras, se nos abre una ventana y depende de nosotros hasta qué punto la exploremos. Por lo tanto, todo el trabajo se realiza durante el ascenso. Durante un descenso, a veces simplemente debemos hundirnos, tumbarnos en el fondo del océano y esperar, como se espera en un submarino cuando ocurre algo incierto.
La confusión suele surgir al pasar de un nivel a otro. Durante esta transición, perdemos la comprensión del nivel anterior, pero aún no hemos adquirido la nueva comprensión del siguiente. Por eso nos sentimos confundidos y no tenemos ni idea de lo que nos sucede.
En tales situaciones no queda más remedio que contenerse. Cuando se produce un descenso real, debemos protegernos al máximo permaneciendo dentro del marco en un nivel estable. Pero durante un ascenso, debemos redoblar nuestro esfuerzo y pisar el acelerador a fondo.
Todo es relativo a la persona
Pregunta:
Si el pasado no existe, ¿Por qué veo edificios antiguos?
Respuesta:
Todo esto existe dentro de ti. Si no estuvieras aquí, nada de esto existiría.
Comentario:
Si le digo a alguien: «Todo esto está dentro de mí. Tú eres parte de mí», pensarán que estoy loco.
Mi respuesta:
Es natural. Incluso si explicas que los físicos o los filósofos proponen teorías similares, ellos seguirán diciendo lo mismo. De lo que habla la Cabalá se parece mucho a algunas teorías filosóficas o físicas. No hay nada inusual en ello.
Comprende que no hay forma de evitarlo. Lo que «parece» o no a una persona no importa, existe la realidad, y eso es lo que estamos discutiendo. Nuestra realidad corpórea solo existe en relación con nosotros, si nuestras cualidades cambian, la realidad también cambiará.
Los científicos ya escriben que el tiempo existe como una realidad objetiva solo relativa a nosotros. No hay nada verdaderamente objetivo, todo es relativo a nosotros. Los físicos hablan directamente de que el tiempo fluye hacia delante, hacia atrás, en cualquier dirección, o no existe en absoluto. Si el tiempo no existe, ¿Qué queda? Eso significa que no existe nada.

