La cuestión es que cuando introduces la emoción en una explicación, te introduces a ti mismo, ya sea con tus Kelim vacíos o con tus Kelim llenos. Pero esto es algo personal.
Y cuando hablas racionalmente, estás hablando de hechos, que aparentemente están por encima de las emociones. Los hechos son hechos, son como la fe por encima de la razón. Te guste o no, es la ley, es la realidad, luego lo transmites a los demás como algo independiente de ti o de ellos.
Simplemente estás dando a la gente la oportunidad de conocer la ley; si quieren estar a favor o en contra, eso es asunto suyo. Si no, entraremos en otra ronda de sufrimiento. Y la persona traducirá esto en sus propios sentimientos.
Yo diría que este tipo de difusión es la mejor: no pareces inspirado por lo que estás diciendo, pero hablas como si tu «yo» se hubiera eliminado por completo del tema.
Eres como un mecanismo que emite información, y eso es todo. No importa si perteneces a la nación de Israel o a las naciones del mundo, eres como una fuerza auxiliar, una especie de ángel del cielo, que le dice a la gente lo que está sucediendo.
Esto es lo mejor, porque así todos sienten que eres imparcial.
Pero al ser imparcial, te diriges a las personas de una manera que despierta sentimientos en ellas. Esta es precisamente la forma que debemos encontrar en la difusión, aunque depende de nosotros y no depende de nosotros.
Porque pronto la vida será tal que una persona sentirá de inmediato que aquí has tocado su punto más íntimo.