Pregunta:
¿Hacia dónde asciendo al pasar de un callejón sin salida a otro?
Respuesta:
Asciendo para que estos peldaños de ascenso creen en mí los deseos, cualidades y propiedades que me permitirán revelar el sentido de la vida. ¡Existe! Simplemente no lo veo, no lo siento, no lo percibo ni sé cómo formularlo.
Y como resultado de estos ascensos, cuando gateo de escalón en escalón como un niño pequeño, intentando subir, desarrollo mi intelecto y mis sentimientos para comprender el sentido de este ascenso. Y de repente empiezo a comprender, como si este sentido se encontrara entre los peldaños.
Pregunta:
¿Hay un final para estos peldaños?
Respuesta:
Está en algún lugar muy lejano. En la práctica, no lo hay. ¿Y por qué habría de haberlo si empiezo a sentir que este proceso en sí mismo es la vida?
La vida consiste precisamente en encontrar decepción a cada paso, en la necesidad de hallar fortaleza y en una aspiración precisa, una meta. De lo contrario, careces de motivación: del qué, del por qué y del propósito, o de la capacidad de determinar qué constituye una meta correcta o una decisión acertada, y así sucesivamente.
En otras palabras, a medida que asciendes estos peldaños, comienzas a sentirte crecer y crear.
Pregunta:
¿Qué es lo que me impulsa? ¿Es superar este callejón sin salida o acercarme a algo?
Respuesta:
No, ya ni siquiera deseas tanto llegar a un último peldaño. Comienzas a sentir placer en el simple hecho de recorrerlos. Entre los peldaños, comienzas a sentir la sabiduría y la claridad inherentes a ellos.
Pregunta:
¿Y empiezo a percibir esta guía?
Respuesta:
Esto es precisamente lo que significa «Por tus acciones te conoceré» (Mi maseja hikarnuja): que a partir de los peldaños mismos, de cómo fueron creados para ti, y del hecho de que fuiste creado simultáneamente con ellos pero destinado a elevarte por encima de ellos, a partir de todo esto comienzas a alcanzar al Creador de estos peldaños. Y esto es lo esencial.
Bajo la presión de la importancia de la meta
En el camino espiritual, me pregunto constantemente, no con el intelecto, sino con una intuición, dónde me encuentro: ¿en el campo de batalla, enfrentando el peligro donde mi vida pende de un hilo, o puedo dejarme llevar por la vida, malgastar el tiempo y pensar: «No pasa nada; no soy el único; todo se solucionará»?
Pero una y otra vez, todo se reduce a un solo punto: la importancia de la meta. Solo aumentando su significado podemos librarnos de los obstáculos que nos enredan y nos generan cansancio. En realidad, no existe el cansancio; todo depende de la necesidad.
En última instancia, todos nuestros sentimientos están determinados por el deseo de recibir. No hablamos de asuntos físicos, sino espirituales. Sabemos por experiencia propia que si el cuerpo, incluso uno muy cansado, sintiera que existe una meta valiosa que justifica el esfuerzo, se pondría inmediatamente manos a la obra.
Por lo tanto, todo depende de cuánto aumentemos la importancia de lo que podemos alcanzar, a nuestros propios ojos. Nuestro trabajo consiste únicamente en fortalecer la importancia de la meta. La conciencia de su importancia se opone a cualquier obstáculo en el camino y los anula.
Ningún obstáculo puede resistir la presión de la importancia de la meta. Simplemente desaparecen; ya no los sentimos. Entonces comprendemos que solo se interponían en nuestro camino para confundirnos. Aumentamos la importancia de la meta, y las cosas que antes parecían significativas —«¡Oh, esto no funciona, y aquello tampoco!»— se desvaneen al instante.
Esto sucede porque todas estas distracciones son artificiales, no reales. Existen solo como contrapeso a la importancia de la meta. Pero tan pronto como adquiero conciencia de la importancia de la espiritualidad, la necesidad de estas distracciones desaparece. Simplemente se desvanecen y se cancelan.
Esto es lo único en lo que debemos trabajar: aumentar constantemente nuestra conciencia de la importancia del Creador y de la importancia de alcanzarlo. En esto reside la solución a cada problema que surge en nuestro camino.
Hacia la meta a través de los descensos
El ser humano está formado por la voluntad de recibir y, en esencia, no es más que una célula sensible; todo su intelecto, sus conocimientos y sus decisiones se derivan de lo que siente.Por lo tanto, solo es posible acercarse a la meta mediante ascensos y descensos. Es decir, el acercamiento al Creador se produce a través de los descensos, es decir, alejándose de Él.
La persona se aleja de la espiritualidad, se ve apartada y se le muestra lo alejada que está de la meta; se le revela su propia maldad. A esto lo llamamos «reconocimiento del mal». La persona ve que no puede hacer nada por sí misma y que no es digna de la santidad. A partir de todas estas sensaciones, acaba madurando en su interior un estado en el que se da cuenta de que no tiene otra opción: debe ir más allá de su propia razón.
¿Cómo llega a ese estado? Solo tras numerosas caídas, una tras otra, de forma similar al ejemplo que aparece en El estudio de las diez Sefirot del hombre que se esfuerza por llegar al palacio del Rey con todas sus fuerzas, mientras los guardias y centinelas lo empujan hacia atrás, le cierran el paso y él cae rodando por la montaña en la que se encuentra el palacio del Creador.
Pero cada vez que lo derriban, se levanta y vuelve a intentarlo. Lo empujan con aún más fuerza, y él vuelve a levantarse y sigue adelante con paciencia y perseverancia. Al final, a través de todos estos enfrentamientos y períodos de alejamiento de la espiritualidad, va forjando en su interior un deseo auténtico de alcanzar la meta.
Su apasionada lucha por alcanzar la meta es lo que, posteriormente, le provoca una sensación de rechazo. Siempre funciona así: a través de los opuestos. Al ser rechazado, llega a comprender la importancia de la meta. Cada cosa da lugar a su opuesto.
Por lo tanto, si no sufre caídas profundas, bruscas y devastadoras que le provoquen decepción y desesperación, no podrá valorar verdaderamente la meta. Por otro lado, si no se esfuerza lo suficiente por alcanzarlo, incluso cuando le parezca que solo le falta un poco más para lograrlo, para acabar cayendo una y otra vez, no descubrirá lo lejos que está realmente de la meta.

