El mundo: consecuencia de nuestras intenciones

Pregunta:

¿Qué es una intención digna de acción?

Respuesta:

Nuestro mundo es un mundo de acción. Todas nuestras acciones terrenales se basan en la acción misma. Solo por la acción, y no por la intención, se contabilizan nuestras acciones. En nuestro mundo, no podemos estar seguros de haber reconocido, reproducido, evaluado y sopesado correctamente la intención, mientras que las acciones pueden verse, medirse y compararse porque dejan tras sí un claro resultado material.

 

Las intenciones son nuestras motivaciones internas, incomprensibles tanto para los demás como para nosotros mismos, y se olvidan en un instante. No hay nada que hacer con ellas.

La ciencia de la Cabalá afirma que somos seres especiales compuestos tanto de acciones como de intenciones. Cuanto más desarrollada es una persona, cuanto más alejada está de la mera existencia animal, más fuerte es su intención, y es esta la que determina la acción. Es decir, la acción en sí puede ser insignificante, pero la intención que la sustenta es grande. En tales casos, quien realiza la acción presta atención precisamente a la intención.

 

Por ejemplo, si le doy a alguien un pequeño regalo o realizó alguna acción que me resultó muy difícil pero en la que puse toda mi alma, entonces la persona que recibe el resultado de mi acción lo mide no por la acción en sí, sino por el esfuerzo y la buena intención.

 

¿Cómo podemos medir la intención? Esto es un problema porque el mundo se está volviendo cada vez más global. Debemos construir un sistema único de relaciones entre nosotros. Pero no podemos evaluar solo mediante acciones.

 

Al fin y al cabo, no trabajo como un maquinista en una fábrica cuya contribución se mide por mil unidades de producción que determinan su salario y el trato que recibe. En nuestra época, surgen cada vez más profesiones donde se miden las intenciones. Intentamos medir las relaciones entre las personas: cómo las influyo, cómo despiertan gracias a mí, cómo intercambiamos servicios, etc. Es decir, la intención adquiere cada vez mayor importancia.

 

Así pues, nuestro mundo se enfrenta a un gran problema. Cuanto más nos desarrollamos, cuanto más nos alejamos de un estado animado, mayor se hace la necesidad de medir las intenciones. Sin embargo, no podemos medirlas.

 

Así, la actitud de una persona define el mundo. El mundo mismo se convierte en una consecuencia de nuestras intenciones.

 

Y aquí surge un problema: el mundo entra en crisis no por la sobreproducción ni porque no podamos llevarnos bien, sino porque nuestras intenciones son incorrectas. Pero no sabemos cómo corregirlas, cómo evaluarlas y sopesarlas.

 

De repente, de forma totalmente inesperada, nos encontramos en un mundo inmaterial porque surgen entre nosotros innumerables conexiones emocionales, espirituales y profundas que no podemos medir ni explicar.

 

Las intenciones resultan ser más importantes que las acciones, y el mundo se vuelve incómodo e inadecuado para la vida humana. Empieza a «rechazarnos» porque fue creado únicamente para el estado animal de los humanos.

Actualmente somos como animales. Los animales no se avergüenzan unos de otros: quiero comerte, si logras escapar, escapas, si no, te como. Todo se basa no en intenciones, sino en acciones claras. Y las intenciones son obvias porque la acción y la intención coinciden.

 

Pero cuando nos elevamos por encima del estado animal al nivel humano, estamos obligados a empezar a tener en cuenta nuestras intenciones. Y estas solo pueden evaluarse con la ayuda de la ciencia de la Cabalá.

Pregunta:

Podría darnos un ejemplo de intención en su forma pura. ¿Cuál es?

Respuesta:

Supongamos que tengo cierta intención hacia ti, no la ves ni la conoces. Debo determinarla en mi interior, reconocerla y ponerla a prueba. Si quiero hacerte daño con mi intención, con ello me haré daño a mí mismo.

 

Por otro lado, el mundo de las intenciones es mucho más simple. Al entrar en él, es como si borráramos todas nuestras acciones, «borramos» nuestro mundo entero y quedarán los puntos junto con sus intenciones mutuas. Este es el mundo espiritual.

 

Imagina de 7 a 8 mil millones de puntos, cada uno de los cuales, al menos en un radio a su alrededor, se relaciona con otros con una intención específica: buena o mala, positiva o negativa. La intención se dirige a hacer sentir bien a otro, según su interpretación, no a ti, o a hacer sentir mal a otro, según tu interpretación, no a él.

Pregunta:

Puede haber solo dos intenciones?

Respuesta:

Solo dos, nada más. Y cada una de ellas puede clasificarse en magnitud. Nuestras actitudes hacia los demás determinan nuestro mundo y nuestro paso al mundo Superior.

 

Clasificamos todas las posibles intenciones que las personas puedan tener y consideramos las que existen entre ellas. Si son positivas hacia los demás, se llaman espirituales; si son negativas, se llaman terrenales.

 

Todas las intenciones de nuestro nivel terrenal son para uno mismo y en detrimento de los demás.

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