
Nuestro desarrollo comienza con el nivel “animal”, donde el hombre se identifica y se enfoca en sus deseos de este mundo. Esta etapa del desarrollo del egoísmo se llama “animal”, porque toda nuestra atención y fortaleza están concentradas en mantener el cuerpo que no es sino un animal.
Queda claro a qué se dedica el hombre en esta etapa. A todo el mundo le parece correcto sostener a la familia, a los parientes y a sí mismo y llevar una vida muy cómoda.
Entonces, ¿cómo podemos convencer a nuestro cuerpo – el deseo de éste mundo – para que se haga a un lado y nos dé la posibilidad de dedicarnos al desarrollo espiritual, a procurar alcanzar la intención de otorgamiento y no de la recepción? Esto sólo es posible con la aparición en el hombre del “punto en el corazón”. Si ya se ha revelado, el hombre tiene que identificarse con este punto. A partir de entonces podrá mirar a sus deseos corporales o animados desde esa perspectiva y los tratará como deseos animados.
Hay que comprobar quién dirige y determina mi comportamiento: ¿Mi cuerpo animal que me jala hacia abajo, o mi alma que aspira hacia arriba? ¿Los impulsa la grandeza del Creador (Keter) y la conciencia de su propia insignificancia (Maljut), o mi orgullo y deseo de poder y fama? Por eso hay que vigilarse a uno mismo, desde el punto de vista del cuerpo y desde el punto de vista del alma y estar conscientes de quién toma las decisiones: el egoísmo o el alma.
(Extracto de la Preparación de la lección diaria de Cabalá)
