Pregunta:
En nuestra vida, desde que existe la humanidad, ha habido guerras, y sus instigadores han sido siempre los hombres. ¿Dónde está en la naturaleza del hombre la esencia de luchar constantemente o de jugar a la guerra?
Respuesta:
En primer lugar, no han crecido, son los mismos chicos, no adultos. Un adulto debe madurar a lo largo de generaciones. Durante una vida, quizá no, pero si las generaciones se hubieran transmitido la sabiduría de la vida, esto no habría ocurrido.
Al fin y al cabo, la guerra es destrucción mutua. Y con ella, no avanzas tú. Destruyendo a los demás, te acabas perjudicando a ti mismo. La historia lo confirma. Así que, ¡no tiene sentido!
Si los ancianos, que entienden esto, transmitieran su sabiduría a los jóvenes, les enseñaran correctamente y formaran en ellos una comprensión diferente del mundo, el mundo sería diferente. No habríamos gastado mucho dinero en el ejército, en la policía, ¡y habríamos vivido muy bien!
Pero nuestra naturaleza no nos lo permite. Así que, en primer lugar, tenemos que corregirla y no limitarnos a tener una vida agradable.
La ley general de la naturaleza, el Creador, nos impulsa hacia una meta determinada y nos obliga a ser tontos hasta que nos damos cuenta de quiénes somos, de que siempre nos está poniendo zancadillas para que finalmente nos rindamos, nos volvamos hacia Él y le pidamos que rehaga nuestra naturaleza, que nos cambie… eso es lo que necesitas.
No me hagas sentir bien, ¡sino hazme bien! Y entonces veré el mundo como algo hermoso. ¡Eso es todo! Cambiar una petición, una demanda, una apelación al Creador es lo que se requiere de nosotros.

