¿Cómo alcanzar al Creador según la Cabalá? El esfuerzo y el cambio de naturaleza

En Cabalá, aprendemos que tenemos una naturaleza egoísta, somos un deseo de recibir y solo queremos disfrutar. Por nuestra propia estructura, ya sabemos desde el principio qué queremos disfrutar. Entonces, ¿cómo podemos cambiar nuestra naturaleza? No podemos cambiarla. ¿Cómo podemos desear algo que no existe en nosotros? No podemos.

 

​​De ello se deduce que no tenemos poder para cambiar nada. Solo podemos discernir lo que queremos, sentimos y anhelamos. Esta es la ventaja del ser humano sobre el animal: podemos examinar nuestros deseos, pero no podemos sustituirlos, cambiarlos ni siquiera querer cambiarlos.

 

Vemos cuánto esfuerzo y tiempo cuesta cambiar los hábitos en este mundo. Por ejemplo, una persona con diabetes que necesita dejar de consumir azúcar lee mucho sobre el tema, escucha los consejos de los demás y ve vídeos sobre los graves efectos de la diabetes hasta que se convence a sí misma de dejar de consumir azúcar y establece una estrategia para combatir sus antojos de dulces.

 

Esto pone de manifiesto lo que hace la gente, para qué se ha creado toda una industria y cuánta persuasión hay que ejercer sobre las personas para que sean capaces de ver el mal a nivel animado y comprendan que algo es perjudicial para ellas. En otras palabras, debemos contener nuestro deseo y equilibrarlo con el intelecto y la razón. El intelecto nos dice que el azúcar es malo, pero el deseo nos indica que lo dulce es bueno.

 

A veces transcurre toda una vida antes de que logremos mejorar algo en nosotros mismos. Me refiero a la mejora a nivel animado, en la que está claro que es por nuestro propio bien, es decir, cuando tenemos ejemplos ante nosotros y vemos con nuestros propios ojos las consecuencias negativas y positivas, y aun así no somos capaces de cambiar. Esto demuestra lo fuerte que es el deseo, ya que forma parte de nuestra naturaleza. A pesar de la miríada de sistemas intelectuales que construimos y de toda la autopersuasión, es difícil resistirse al deseo.

 

Solo nos contenemos cuando vemos, ante nuestros propios ojos, la amargura y el castigo junto al deseo y la dulzura. En otras palabras, solo nos contenemos cuando el intelecto y el deseo se enfrentan cara a cara. Incluso entonces, calculamos en función de la medida del sufrimiento, del mismo modo que estamos dispuestos a sufrir trabajando todo el día para tener algo que comer por la noche. Sin embargo, en tal caso, el cálculo queda al descubierto.

 

Por lo tanto, Baal HaSulam afirma en Introducción al Estudio de las Diez Sefirot que, si se revelara al Creador, y se revelaran todo su sistema y su actitud hacia nosotros, el mundo entero sería completamente justo. Todo el mundo vería qué es lo que trae el bien y el mal. Se revelaría la recompensa y el castigo, y no tendríamos más remedio que elegir el bien. Incluso si quisiéramos seguir nuestro deseo, veríamos el golpe que recibiríamos y que no valdría la pena.

 

Incluso en nuestra situación actual, reprimimos muchos impulsos para no sufrir, no sentir vergüenza, no acabar encarcelados ni ser golpeados. Esta tendencia está presente en todas las personas.

 

Pero, ¿cómo nos convencemos de que la espiritualidad es una necesidad? Leemos en los libros que hay una recompensa por ciertas acciones, por diversos usos del deseo, y un castigo por lo contrario, pero como no vemos de inmediato la recompensa ni el castigo, ya que no se revelan, esto no nos ayuda a convencernos.

Aprende sobre manejo de deseos e impulsos    ¿Cómo podemos protegernos de los deseos dañinos?

 

¿Cómo esforzarnos si no podemos alcanzar al Creador con nuestras fuerzas?

Para realizar este esfuerzo en el camino espiritual, en un entorno correcto, el Rabash afirma que debemos aprender de nuestros amigos, escuchar sus palabras, observar sus acciones, aprender cómo anhelan, y así recibir la fuerza necesaria para hacer frente a los deseos naturales, y mostrar a esos amigos un ejemplo de esfuerzo y trabajo correctos, así como de anhelo por el resultado correcto.

 

No podemos decidir de antemano que nuestras fuerzas se han agotado y que debemos clamar al Creador. Incluso ante un castigo visible, debemos persuadir en el deseo de rendirnos para no activarlo. Sin duda, solo con decir que todos nuestros deseos carecen de valor, que todo lo que vemos en este mundo carece de importancia —con inclusión de la espiritualidad que anhelamos alcanzar a través de los deseos que nos impulsan en esa dirección—, no podemos llegar a una súplica al Creador.

 

Tenemos que soltar todos estos deseos, dejar de lado su naturaleza y, a continuación, volvernos hacia el Creador, precisamente cuando no sentimos ningún impulso para hacerlo, ni tenemos ninguna conexión con Él, ya que Él permanece oculto.

 

¿Podemos superar ese velo y crear un canal alternativo a través del cual sentir al Creador y, así, volvernos hacia Él? ¿Podemos renunciar a todas aquellas acciones que nos llevarán a la decepción, la cual, a su vez, nos llevará a volvernos hacia el Creador? Esto podría llevar muchos años. ¿Es posible volvernos hacia el Creador incluso antes de sentirnos decepcionados al trabajar con nuestros deseos?

 

¿De dónde podemos extraer la decepción que está destinada a llegar dentro de diez años y traerla al momento presente? ¿Es posible acelerar el proceso?

 

Podemos intentar relacionarnos con personas deprimidas o pedir a la sociedad que nos transmita la sensación de que la vida carece de sentido, de que nuestro trabajo y nosotros mismos no valemos nada, y de que nos falta fuerza para cualquier cosa. Quizá la gente nos lo proporcione de buen grado, pero ¿nos impactará lo suficiente como para pedir ayuda al Creador?

 

Al parecer, no, porque recurrir al Creador trasciende la naturaleza. Recurrimos al Creador para cambiar nuestra naturaleza, en lugar de limitarnos a gritar: «¡Ayúdame a sacar provecho!» o a dejar una nota en el muro de los lamentos. Se trata de una petición de transformación interior, de un cambio en nuestra propia naturaleza.

 

Por lo tanto, debemos actuar de acuerdo con nuestra naturaleza y, una y otra vez, comprobar cómo nuestra propia naturaleza nos impide alcanzar lo auténtico, de modo que nos demos cuenta de que no podemos alcanzarlo; y solo entonces podremos pedir que nuestra naturaleza cambie.

 

La aceleración del tiempo a través de la decepción del ego

Aun así, debemos acelerar el tiempo. Tenemos que acortar la duración del proceso. ¿Qué significa «acortar la duración»? Significa llevar a cabo todas las acciones y deseos posibles uno tras otro, para luego sentirnos rápidamente decepcionados. Es decir, cuanto más enérgicamente recorramos todas las posibilidades que ofrece nuestra naturaleza egoísta, probando cada acción, deseo y enfoque que creamos que podría llevarnos a la meta, más rápido veremos el fracaso.

 

Hay personas que estudian despacio, actúan con pereza y se dicen a sí mismas: «No pasa nada, ya quedan otros diez o quince años». También hay quienes se entregan por completo y, tras solo unos meses, experimentan innumerables reveses y decepciones, pero ya han comprendido algo. Los demás, aunque siguen siendo felices y de buen corazón, tardarán mucho tiempo en comprenderlo.

 

De hecho, deberíamos alegrarnos ante los momentos de decepción. ¿Decepción por qué? Por nuestras propias capacidades, es decir, por darnos cuenta de que no podemos alcanzar la meta con nuestras propias fuerzas. La cuestión no es alegrarse por otras cosas, a menos que estén relacionadas con la meta.

 

Solo las decepciones nos llevan de un proceso de discernimiento a otro hasta que llegamos a la conclusión de que somos incapaces. Solo a través de esta experiencia se van acumulando cada vez más hechos que nos demuestran nuestra impotencia, hasta que surge en nuestro interior un verdadero impulso de recurrir al Creador.

 

No hay otra opción. Cuanto más nos decepcionamos, más nos esforzamos por alcanzar la meta. La meta cobra cada vez más importancia a medida que nos decepcionamos de nuestras propias fuerzas. Al final, deseamos la meta con tanta intensidad y estamos convencidos de que no podemos alcanzarla; a esto se le llama dar vueltas todo el día en torno a ese eje «hasta que no te deja dormir». Es como alguien con un deseo enorme que no puede satisfacerlo, hasta que clama al Creador. Esta búsqueda constante nos lleva a preguntarnos sobre nuestra verdadera libertad de elección y sobre el origen de nuestras propias energías en el trabajo espiritual.

Si «No hay nada más que Él» ¿dónde residen las fuerzas de la persona?

Las fuerzas de la persona se encuentran en la estructura de su alma. Aunque todas las personas poseen las mismas cualidades, cada una tiene una combinación única de rasgos que forman su carácter. La diferencia fundamental reside en el grado en que utilizan estas cualidades para alcanzar la meta espiritual. Esto determina su nivel según la relación entre el grosor (Aviut) del deseo de recibir en la pantalla (Masaj), y la propia pantalla que representa  la fuerza de superación.

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