En la convención logramos cierta conexión con los demás, y en aras de esa conexión, estamos dispuestos a sacrificar algunas pequeñas satisfacciones egoístas, placeres y debilidades en esta vida. Estamos dispuestos a entregarnos para lograr algo más elevado. Posteriormente, la inspiración se desvanece porque la conexión entre nosotros se desintegra, no podemos mantenerla a distancia.
Somos gente pequeña. Todo el mundo vuelve a sus viejas andanzas y, como resultado, perdemos fuerza mutua, nos sumimos en nuestro filisteísmo y ya no podemos pensar tan intensamente en la elevación espiritual, en la corrección, en el sentido de la vida, ni en cómo lograrlo en realidad aquí y ahora.
Así que resulta que necesitamos algún tipo de conexión constante, quizás no tan intensa como en las convenciones, que nos emocione, tire, o pinche más intensamente porque sólo de vez en cuando nos acordamos y preguntamos: «¿Qué será de nosotros?». Tenemos que restablecer esta conexión de algún modo.