Pregunta:
¿Fue difícil para usted comunicarse con su maestro Rabash desde su mentalidad?
Respuesta:
En absoluto, en cuanto a mentalidad, éramos muy cercanos. Él era un judío polaco de principios del siglo pasado. Yo era un judío bielorruso, creci en las afueras de Vítebsk, en un pueblo donde antaño vivían muchos judíos. El espíritu, la forma de vida, las costumbres… todo persistió allí, y de alguna manera lo heredé.
Desde el principio cuando empecé a estudiar Cabalá, entendí a Rabash como persona, con todos sus hábitos. Crecí en un pueblo con pocas casas: mis abuelos vivían en una, algunos parientes en otra, un poco más lejos vivían más parientes, y así sucesivamente. Todo fue muy natural para mí.
Desde la infancia, tenía recuerdos que coincidían perfectamente con las historias de Rabash. Así que, en la vida cotidiana, no tuve ningún conflicto ni problema con él.
Claro que tenía sus propios hábitos, adquiridos en Israel tras emigrar de Polonia. Amaba mucho el café porque había vivido muchos años en Jerusalén con su padre, Baal HaSulam, quien era un gran aficionado al café. Vertían agua hirviendo sobre una cucharada de café negro molido y lo bebían. Baal HaSulam necesitaba veinte vasos de estos al día o más y cigarrillos.
Mi profesor fumaba, no cigarrillos comunes, tabaco muy fuerte, al principio sin filtro, luego con filtro.
Experimento muchos trastornos en la vida. Después de que a Baal HaSulam le prohibieran publicar un periódico, sufrió un infarto y, poco después, le diagnosticaron cáncer.
Mi maestro sufrió la muerte de su hija y su esposo, quienes fallecieron con solo seis meses de diferencia. Su esposo había sido la mano derecha de Rabash, su ayudante en todo. Murieron un año antes de que yo llegara a él, tenía serios problemas. Todos los cabalistas los tienen.
Creo que somos los primeros y los más felices, probablemente porque somos débiles e indignos de pruebas serias, se nos da muy poco. Al contrario, recibimos buenas críticas por todo lo que hacemos. Por eso podemos difundir la Cabalá, desarrollarnos, celebrar congresos y atraer a cientos, miles e incluso más personas.
A Baal HaSulam y a Rabash no se les concedió nada de esto. Vivieron en condiciones terribles, trabajaron mil veces más duro que nosotros, sufrieron y, al final, obtuvieron un resultado miserable comparado con nosotros, visto desde fuera. Y murieron desesperados. ¿Qué sigue?
¿Y cómo murió el ARI? Está documentado que cuando sus alumnos le preguntaron: «¿A dónde nos iremos?» Él respondió: «Si fueran dignos, me habría quedado. Si hubieran querido oírme y escucharme, no me habría ido». Esto lo dijo un gran cabalista que murió a los treinta y siete años. Sabía que sus alumnos no continuarían su obra, y antes de morir, les prohibió estudiar Cabalá.
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¿Se imaginan un castigo mayor para los estudiantes que escuchar: «¡Les prohíbo estudiar! ¡Vuelve a tu estado animal y vive!». Y no te atreves a desobedecer a tu maestro.
No sabemos casi nada sobre lo que sucedió con la mayoría de los estudiantes del ARI. Solo permitió que uno continuara sus estudios de Cabalá: Jaim Vital, quien recopiló todos sus escritos. El ARI ordenó que estos escritos fueran enterrados con él. Tiempo después, su tumba fue abierta, se extrajeron los escritos y, a partir de ellos, se compilaron sus obras, en las que Baal HaSulam basó el Estudio de las Diez Sefirot y otros escritos. ¡Así que los cabalistas del pasado pasaron por estados horribles!
¿Y Rashbi, quien escribió El Libro del Zóhar? Vivía en una cueva estrecha, cerca de un pequeño manantial y un algarrobo con vainas dulces. Eso era lo que comían él y su hijo. En esas duras condiciones, cavaban en la arena y estudiaban Cabalá. Más tarde, ocho estudiantes más se unieron a ellos, y juntos escribieron El Libro del Zóhar, sentados en esa cueva, en el frío, ¡en el norte del país! ¡Qué horror!
El gran Rabash
Comentario:
Me identifico con usted y con los escritos de Baal HaSulam, pero siento que Rabash está de algún modo en medio, y no consigo captarlo del todo.
Mi respuesta:
Por un lado lo entiendo. Pero por otro lado, es completamente falso. Rabash nos dio todos los fundamentos del trabajo espiritual. Antes de él, no habían sido presentados sistemáticamente. Los cabalistas escribieron comentarios sobre la Torá, o cartas y artículos, pero una presentación sistemática del trabajo interior que una persona debe hacer para alcanzar al Creador solo nos fue dada por mi maestro Rabash.
Escribió casi 500 artículos sobre este tema. En ellos expresó absolutamente todos los estados de una persona que inicia el camino espiritual desde cero y avanzar.
¡Lo que Rabash hizo es una contribución invaluable a la Cabalá! Es una ayuda tan inestimable e insustituible para un principiante, que no puede extraerse de El Libro del Zóhar, El Estudio de las Diez Sefirot, ¡ni de ninguna otra obra!
Por un lado era un gran cabalista, y por otro muy disimulado y astuto en cómo se ocultaba, cómo lo escondía todo, ¡y permanecía a la sombra de su padre!
Tienes razón cuando dices: «De alguna manera no lo veo, simplemente pasa desapercibido». Realmente se disminuyó a sí mismo: «¿Quién soy yo? Mi padre era un gran cabalista».
Rabash era un cabalista extraordinario, con tales descubrimientos, tales logros, tales escritos, y sin embargo lo ocultaba constantemente: «Solo estudio un poco», y así sucesivamente. Nadie le conocía ni le entendía.
Fue un gran profesional, un gran sistematizador, un gran maestro, un gran educador.
En sus artículos, expuso el sistema de trabajo espiritual en diversas formas adecuadas para cada persona, cada alma, cada estilo, en todas las épocas y estados por los que pasamos.
Podría hablar sin parar de lo que hizo. No porque fuera mi maestro, la persona más cercana y querida para mí, sino porque realmente hizo algo por nosotros sin lo cual no podríamos dar ni un solo paso adelante. ¡No podríamos!
Ahora que por fin empezamos a estudiar en serio sus artículos, espero que nos demos cuenta de ello. Es una obra muy seria, incomparable con cualquier otra.

