El reconocimiento de nuestro egoísmo se produce de forma gradual. No se da en los recién nacidos. A medida que van creciendo, les enseñamos poco a poco, en el jardín de infancia, en la escuela y más adelante en la vida, que el egoísmo les perjudica tanto en el contacto con otras personas, como en el dominio de habilidades para algún tipo de trabajo, etc.
Resulta que, por otro lado, el egoísmo nos ayuda. Nos corrige y nos obliga a ser mejores de lo que realmente somos para que no nos mostremos como egoístas absolutos en relación con los demás. Al fin y al cabo, en ese caso nos tratarán de la misma manera.