En esencia, la inclusión mutua (Hitkalelut en hebreo: interpenetración) es la acción más importante y no hay nada que pueda compararse con ella en importancia. Esto se desprende del plan de la creación.
El Creador, la luz Superior, crea el deseo de recibir placer, que tiene como objetivo llenarse de todo lo que lleva la Luz. Está literalmente esclavizado por la Luz y la siente como placer, como vida.
En esta forma este deseo ni siquiera puede ser llamado una creación porque carece de independencia, depende completamente de la Luz; por lo tanto, como creación, todavía no existe, como una sombra que no puede existir de forma independiente de una persona, o de cualquier objeto que la proyecte.
Pero el Creador quiere que esta creación se vuelva independiente como Él mismo; para ello, la creación necesita recorrer un camino muy largo, mucho más largo que el que recorre una gota de semen para transformarse en un organismo vivo.
Al fin y al cabo, la creación fue creada como una sombra de la luz, como su huella, como su opuesto. Pero poco a poco, bajo la influencia de la Luz, comienza a desarrollarse.
Y todo su desarrollo posterior a través del proceso de expansión de las cuatro fases de Luz directa, el surgimiento de los mundos AK (Adam Kadmón), Atzilut, Beriá, Yetzirá y Asiyá, de este mundo, el descenso de las almas a nuestro mundo y su ascenso de regreso ocurre debido a la interconexión del deseo y la Luz.
Al mismo tiempo, la creación absorbe todas las cualidades del Creador y se vuelve como Él. Y además, como al mismo tiempo adquiere una estructura interna más compleja, gana la capacidad de comprender todos los detalles de la creación en toda su profundidad.
De esta manera la creación revela lo que el Creador ha hecho en ella. Al entenderse a sí misma como un derivado de la luz Superior, la creación llega a conocer al Creador. Se le llama: “Por Tus acciones te conoceré”.
Esto es posible gracias a lo que se llama inclusión mutua.