El hecho es que, si tu hijo recibe algo bueno, automáticamente te alegras por él y, además, sientes que te lo han dado a ti. Esta es nuestra actitud hacia nuestros hijos. Pero no tenemos esos sentimientos hacia los hijos de otras personas.
En principio, nuestra actitud hacia los niños es mucho más reverente que hacia nosotros mismos, por eso nos comportamos y sentimos así.