¿Cómo sabemos si actuamos correctamente?

Si hacemos algo mal simplemente nos estancamos. Sin embargo, si estudiamos, nos encontramos en el entorno adecuado y, en general, seguimos el camino correcto, aunque sin duda cometemos errores en cada detalle, no nos desviamos del camino. ¿Por qué? Porque estamos en el entorno adecuado, tenemos acceso a los libros correctos y la guía adecuada, y solo nos queda reconocer nuestros errores en cada detalle y soportar la decepción. Así es como recordamos al Creador y comprendemos por qué no progresamos. Recordamos que no somos nosotros quienes actuamos, sino el Creador quien lo hace todo.

 

Entonces, los obstáculos y las decepciones nos devuelven al Creador, nos generan una carencia que nos impulsa a conectarnos con Él. ¿Dónde podemos encontrar esta carencia si desde el principio, Faraón existe en nosotros? Al principio, pensamos que construiremos todo por nosotros mismos y que con eso basta; por ejemplo, recibimos el deseo de avanzar en la espiritualidad, pero este deseo aún carece de dirección. Depende de nosotros moldearlo para que se dirija a otorgar al Creador o a recibir de Él. Lo más importante es la conexión con el Creador.

 

Solo podemos lograr esa conexión a través de los fracasos, al emprender el trabajo con nuestras propias fuerzas, finalmente llegamos a la consciencia de que «no es mi fuerza ni mi poder lo que lo ha logrado». Entonces, desde la decepción y la impotencia, desde la comprensión de nuestra incapacidad, comenzamos a ver que no tiene sentido el trabajo si solo nos incluye a nosotros, como individuos. Empezamos a comprender que nuestra acción es solo un esfuerzo bestial como el de toda la humanidad, a menos que la revelación del Creador esté presente en ella.

 

Esta comprensión nos devuelve a la alineación con el Creador, debemos recurrir al Creador y pedirle que realice la acción por nosotros, porque hemos visto que nosotros mismos no podemos hacerlo. Esto significa que si no experimentamos decepción y desesperación en cada detalle de nuestro trabajo, no recurriremos al Creador. ¿Por qué recurrimos a Él? Por necesidad, para que el trabajo se complete.

 

Pero todos estos actos de «no por nuestro propio bien» nos llevan a comprender que lo que nos importa es la conexión con el Creador, no las acciones en sí, ni los ladrillos, ni nada más. Todo lo demás es simplemente un medio, ya que estamos hechos así, para por fin regresar a la intención correcta, a la comprensión de que no necesitamos nada de eso. Solo necesitamos estar conectados con el Creador para poder otorgarle.

 

Esta es una secuencia de pensamientos, causas, efectos, y exigencias externas que gradualmente se vuelven internas. Es una cadena que se desarrolla dentro de nosotros y nos lleva de un estado en el que queremos colocar ladrillo sobre ladrillo, pero no podemos. Entonces nos frustramos con nosotros mismos y reconocemos que nuestra verdadera preocupación es el Creador. Primero nos enojamos con el Creador por no dejarnos colocar ladrillo sobre ladrillo, después comenzamos a darnos cuenta de que colocar ladrillos no es el objetivo. En cambio, debemos estar conectados con el Creador. El énfasis, el centro de gravedad, se desplaza poco a poco de nosotros mismos al Creador.

 

A medida que este proceso se desarrolla, la importancia de la conexión con el Creador crece, y esta ya no se trata del ladrillo, solo de Él. Entonces, no nos conectamos con el Creador para nuestro propio beneficio, sino para otorgarle. Hay muchos detalles que examinar en esto, pero al conectar con cada detalle del mundo corpóreo, finalmente exploramos todos los aspectos de principio a fin.

 

Así está escrito: «El justo cae siete veces y se levanta». Cada paso adelante implica un momento de fracaso, arrepentimiento, reconocimiento del mal y corrección. Así fuimos creados, debemos analizar cada detalle.

 

No determinamos estos estados. No sabemos cuándo surgirá un nuevo deseo, cómo será analizado ni qué se necesita para que se haga realidad. Cuando nos sumergimos por completo en un deseo, no podemos actuar como filósofos que observan el panorama general y «vagan» entre diferentes estados de conciencia. Lo que importa es el movimiento general que mantenemos, como está escrito: «Haz todo lo que tu mano encuentre para hacer con tus fuerzas».

 

El esfuerzo general que invertimos es lo que da lugar a esta secuencia de acontecimientos que se despliega, la transición de un estado a otro, hasta que alcanzamos la culminación de nuestro escrutinio y corrección, alcanzamos la intención de otorgar. Esa es la meta. Todo lo que hemos experimentado hasta este momento no ha sido más que un medio para alcanzar la unidad con el Creador.

 

Al completar este reconocimiento, se nos da de nuevo la oportunidad de colocar ladrillo sobre ladrillo. Una vez más, comenzamos a colocar ladrillos sin la presencia del Creador. Nos precipitamos y actuamos con nuestras propias fuerzas, creyendo que estamos haciendo algo grande, que estamos construyendo.

 

Esto puede ocurrir en cualquier acción en este mundo, desde la más salvaje hasta la más espiritual, incluso al difundir la sabiduría de la Cabalá o dar una conferencia importante, donde creemos que estamos a punto de hacer un gran esfuerzo. Nos sumergimos en la acción misma y olvidamos el resultado esperado: fortalecer nuestra conexión con la Shejiná.

 

Fortalecer      El lugar de conexión con el Creador

 

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