Hay una parábola budista sobre un carterista profesional que vivía en la ciudad de los joyeros. Un día, vio a un hombre comprar un diamante enorme, impresionante que había querido adquirir toda su vida. Siguió al hombre, subió al tren y se sentó en el mismo compartimiento. Una vez que el hombre se durmió, revisó toda la ropa del hombre, pero no encontró el diamante. Cuando el hombre se fue al baño, revisó las bolsas y maletas, pero no lo encontró.
Al salir del tren, el carterista lo siguió y le dijo con seriedad: “Soy un carterista, un profesional. Nunca fallo, todo estaba vacío. Te seguí para decirte que no encontre el diamante que quería robarte.
El hombre respondió: “Te vi, cuando estaba comprando el diamante, me di cuenta de que me seguías, que querías el diamante. Así que lo escondí donde no lo buscarías.
“¿Dónde está este lugar?”—exclamó el carterista.
Lo escondí en tu bolsillo.
En conclusión, el “diamante” que buscas está justo a tu lado, más cerca que tu aliento.
Siempre buscamos estos «diamantes» en algún lugar. Le dedicamos la vida, luchando, odiando, buscando. Pero está tan cerca. Está justo aquí, en nuestro “bolsillo”, en nosotros.
¿Qué es este “diamante”? ¿Y por qué no lo encontramos?