El papel de la envidia y el entorno en el crecimiento espiritual

Se dice que la envidia, la lujuria y el honor sacan a una persona de este mundo. Estas cualidades se crean intencionalmente dentro de nosotros. Y estos rasgos aparentemente más desagradables, más insolentes, de repente resultan ser los más eficaces.

 

De repente empiezo a sentir cuánto pueden ayudarme, cómo la envidia puede ser positiva. Miro a mis amigos, y están haciendo algo juntos, discutiendo ciertos asuntos, y los envidio.

 

Solo pueden respetarme cuando amo y otorgo, cuando me sacrifico, cuando siento mi conexión con ellos. Solo en ellos, en la garantía mutua, me encontraré a mí mismo y a mi vida; inesperadamente empiezo a valorar este estado abstracto como algo muy necesario para mí.

 

Esto es lo que necesitamos actuar de alguna manera entre nosotros, pero el grupo aún no es capaz de hacerlo. Tenemos que pasar a la acción y organizar algún tipo de escena para cada amigo; después de todo, no nos limitamos a susurrar entre nosotros en un rincón: «Ahora empezaremos a actuar contigo de esta manera. Veamos cómo resulta nuestro experimento».

 

Una, luego otra, luego una tercera persona empieza a trabajar en ti, a dar ejemplo deliberadamente, y tú empiezas a reaccionar. «¿Qué quieren?» A veces los justificas de repente, pero la mayoría de las veces no sabes qué hacer.

 

Así se revela la total dependencia de una persona del grupo que la rodea y de la sociedad. En las novelas se suele decir que algún héroe entra en una gran sociedad y se relaciona fácilmente con ella. Pero en realidad esto es muy difícil.

 

Por eso necesitamos crear un lugar así. Me refiero a un espacio virtual, un entorno, donde podamos actuar esta condición, la sociedad y cada uno de nosotros como individuo con deseos de placer, envidia, honores, fama, poder, todo lo que define nuestra relación con la sociedad.

 

Sin embargo, no veo esta sociedad en mis amigos. Por alguna razón, no pueden organizarse, no pueden influir en mí, algo no funciona para ellos.

 

Pero si tuviera un simulador así en mi ordenador, tendría que entrar en él cinco veces al día, algo que no puedo hacer físicamente con mis amigos. Y este simulador me impondría ciertas exigencias, caprichos y condiciones, me impondría sus influencias y preguntas.

 

Me mostraría lo que quiere de mí, como un grupo caprichoso que exige a su amigo una determinada actitud: «¿Qué es más importante para ti, esto o aquello? ¿Cómo progresarías, así o asá? ¿Cómo actuarías en ese estado? ¿En qué fuente se dice que esto es así y aquello es de otro modo?». Plantearía preguntas que parecen completamente ilógicas. Pero de lo contrario no tendrá éxito, el grupo se lo exige. ¿Estás de acuerdo o no?

 

Un simulador de este tipo es necesario, aunque solo sea para obligar en teoria a una persona a comprender qué es la propiedad de otorgamiento y en qué medida se opone a ella.

 

Además, las tareas diarias deben incluir necesariamente ambos estados de descenso y ascenso para que una persona pueda ver y determinar dónde se encuentra y cómo reaccionaría ante ello en el estado opuesto.

 

El ordenador reproduce las relaciones entre el grupo y yo, y empiezo a tratarlo como a un Tamagotchi. Me hace avanzar, me apego a él, me interesa su opinión, su actitud hacia mí y su evaluación de mis acciones.

 
Una simulación de conexión espiritual

Todavía tenemos que establecer una conexión viva entre cada uno de nosotros y el grupo. A veces, esa inspiración mutua surge en nuestras convenciones o durante unos minutos en las reuniones, pero ésta no es la forma correcta de avanzar. Muchos dicen: «¿Por qué no crear una convención permanente?». Pero no puedes pasarte toda la vida en un picnic, ese no es el tipo de desarrollo adecuado. 

 

Una  convención en la que todo el mundo se reúne y conecta, no es sobre cómo avanzar, sino para liberar un potencial acumulado previamente. El deseo que se ha formado se manifiesta en este entorno como una semilla en la tierra. Sin embargo, debemos alcanzar un estado en el que sintamos constantemente el deseo de estar conectados con el entorno, y que este entorno pueda influirnos continuamente. 

 

Esto solo es posible creando una conexión virtual entre nosotros, en la que una persona pueda conectarse con otras a través de un ordenador o un teléfono personal. Estos medios de comunicación están a disposición de casi todo el mundo las 24 horas del día, y a través de ellos, podemos ofrecer a una persona una simulación de su continua conexión espiritual con nosotros.

 

No tenemos otra opción que poner en práctica lo que los cabalistas han escrito. Sus fuentes están abiertas a todo el mundo. Por lo tanto, por todo lo que veo en nuestro mundo, la única forma de posicionar a una persona frente al grupo es hacer posible esta conexión las 24 horas del día o a intervalos concretos -digamos, cinco veces al día- a través de Internet o del teléfono, porque siempre están con nosotros.

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