En el principio Dios creó el cielo y la tierra; y Dios separó la luz de la oscuridad.
Esto significa que cuando apareció la luz en nuestro mundo, quedó claro que todo el universo consta de dos estados opuestos: luz y oscuridad, día y noche.
Luz y oscuridad se revelan dentro de la persona, en relación a la propia conexión con el Creador. La persona que se sobrepone un poco a sí misma, por encima de su naturaleza animal, comienza a sentir que hay luz —la luz del otorgamiento, de la conexión, del amor y la unidad. Primero siente la luz y la oscuridad en sí misma, dentro de ella, donde la luz es todo lo bueno, los buenos estados de conexión con cualquier otro y la oscuridad, es lo opuesto.
Lo mismo aplica al cielo y la tierra, donde el cielo simboliza el deseo por otorgar y la tierra, simboliza el deseo de recibir.
Todo esto sugiere que existen dos fuerzas en el universo: la primera, es la fuerza del Creador; y la segunda, es la fuerza de la creación. En esencia, desarrollan y separan los pensamientos de una persona; la oscuridad se refiere a sus pensamientos egoístas, y la luz, a los pensamientos que están dirigidos al Creador.
Y antes de eso, la Tierra estaba vacía y en caos, significa que no había orden ni separación de lo uno con respecto a lo otro.
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