Ajishena («acelerar el tiempo») significa avance autodirigido. Cada uno de nosotros sabe cómo llegó a la sabiduría de la Cabalá. En cierto momento, una persona recibe repentinamente una especie de despertar de una fuente desconocida y comienza a buscar.
Siente una falta de sentido en la vida, no encuentra gusto en nada y se deja llevar hacia algún lugar sin saber exactamente qué está buscando, hasta que al fin, lo encuentra.
Las fuentes afirman que es el Creador quien lo lleva a un lugar especial, a una sociedad especial que también se dedica a la búsqueda del sentido de la vida e intenta responder a la pregunta: «¿Cuál es la esencia de nuestra existencia? ¿Cuál es el sentido de la existencia del mundo entero, de toda la naturaleza e incluso de lo que hay más allá?».
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Al final, estas preguntas nos llevaron al punto donde fundamos nuestro grupo, nuestra organización, nuestra sociedad, en la que el objetivo más importante es alcanzar el sentido de la vida y el sentido de la existencia misma.
Cuando llegamos al grupo, estábamos listos para involucrarnos y hacer lo que fuera necesario. Queríamos ser aceptados, integrarnos rápidamente, ser uno más y progresar lo más rápido posible. Nos impulsaba nuestro deseo.
De esta manera, el Creador despierta a la persona, la lleva al lugar correcto, le da el deseo, la aspiración, la fuerza interior, y como resultado, la persona lo hace todo. Se involucra en el grupo, estudia y aplica todos los esfuerzos posibles con tal de realizar este deseo.
Pero entonces, este deseo se desvanece repentinamente y desaparece. ¿A dónde va? No lo sabemos. El Creador recupera el anhelo que previamente despertó en la persona para que esta pueda empezar a crearlo por sí misma.
Pero ¿cómo puede una persona hacer esto si no sabe nada? Mientras estudia, lee y absorbe el material, pueden pasar muchos años. En la Cabalá, este período de desarrollo latente puede durar de 10 a 15 años, lo cual se considera normal. Sin embargo, hoy en día vemos una aceleración de este proceso, que ahora toma mucho menos tiempo.
Una persona comienza a comprender que todo en su interior es solo un deseo, y que está completamente gobernado por el Creador. El Creador la sostiene desde arriba «por la nuca»; en la Cabalá, esto se expresa de forma muy sencilla: «El corazón del hombre está en las manos del Creador». «Corazón» se refiere a nuestros deseos.
Por lo tanto, sea mayor o menor el deseo, a dónde se dirige, qué queremos en la vida, ¡nada de esto es nuestro! ¡Absolutamente nada! Nuestro único papel es alcanzar la consciencia de que todo proviene del Creador y que solo tratamos con Él.
Entonces empezamos a sentir que estamos en un estado de ocultamiento. De hecho, incluso la palabra «mundo» (Olam) proviene de la palabra «Helem», que significa ocultamiento. El mundo es el ocultamiento del Creador y nuestra tarea es revelarlo.
Para ello, el Creador tiene dos sistemas de gobierno. Uno se llama «Beito» (en su tiempo) y el otro es «Ajishena» (acelerando el tiempo).
Si queremos obrar de manera correcta, debemos formar un grupo. Nadie puede tener sus propios deseos, pues su corazón está en manos del Creador. Pero el grupo puede crear ciertas condiciones que están por encima de cada amigo individual y puede actuar en lugar del Creador, aparentemente incluso en contra de Él.
Es decir, el grupo puede despertar al Creador como fuente de la fuerza Superior, la fuente de luz, para que Él cambie arbitrariamente nuestros deseos, si así lo deciden juntos. El Creador siempre escuchará lo que sucede dentro del grupo. Por esta razón, los cabalistas nos instruyen sobre cómo actuar.
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Pero bajo ninguna circunstancia debemos abandonar la idea, y si es posible, la sensación, de que estamos en total conexión con el Creador, y que todo lo que sucede en nuestro interior proviene únicamente de Él, mediante Su bondad absoluta. «No hay nada más que Él».
Tan pronto como nos sintonizamos con esa percepción del mundo, de nosotros mismos y de todas las circunstancias, éstas comienzan a parecer diferentes.
Así como al principio de nuestro camino cuando una persona llega al grupo porque se despertó en ella un deseo de revelar al Creador —aunque todavía no sabía que el deseo era por el Creador, por esa fuerza singular de la naturaleza que todo lo gobierna— y luego ese deseo desaparece, esto se repite una y otra vez.
El Creador despierta un impulso en cada uno de nosotros y nos regocijamos en él. Creemos que proviene de nosotros o que lo recibimos de Él. Pero cuando el deseo se desvanece, no creemos que provenga de Él; no reconocemos su «coqueteo» con nosotros, no sentimos que se haya alejado un poco de nosotros, como ocurre con un niño pequeño cuando queremos enseñarle a caminar. Lo olvidamos; no lo sentimos.
Aquí se necesita una gran ayuda del grupo para recordarlo. Aquí comienza el camino de Ajishena, cuando, por iniciativa propia y con clara intención, no soltamos al Creador. Él se distancia de nosotros, y nosotros, como grupo, como niños pequeños, damos un paso hacia Él. A pesar de su retirada, damos otro paso. Él retrocede; nosotros damos otro paso. Así es como aprendemos a caminar.
Pero una persona sola no puede lograrlo. Debe estar dentro de un grupo para recibir su apoyo y no olvidar que todo sucede por una razón, que nada es casual. No es el destino, ni los acontecimientos del mundo, ni la familia, ni el trabajo lo que lo afecta hasta el punto de olvidarlo todo y perder la motivación.
¡Nada de eso existe! Solo hay un gobierno superior; el Creador retira la emoción que emanaba de Él y quiere que despertemos en nosotros mismos un anhelo por Él. Este es el camino de Ajishena, el método del progreso autodirigido.
No podemos implementarlo solos, solo a través del grupo. A través del grupo, podemos despertar en nosotros la influencia de la fuerza del Creador y comenzar a comunicarnos con Él. Porque dentro del grupo, con la relación y conexión correctas entre los amigos, detectamos esta fuerza, la revelamos y luego comenzamos a avanzar por nuestra cuenta.
¿Qué significa actuar por nuestra cuenta? El Creador se distancia cada vez más y cada vez intentamos no ocultarnos de Él, y seguimos afirmando que Él nos lo hizo, que «no hay nada más que Él» y que todo existe desde la perspectiva del bien absoluto.
Así avanzamos.

