Al principio, el camino espiritual parece agradable, atractivo y acogedor; promete logros extraordinarios, revelaciones y elevación espiritual. Pero luego empezamos a comprender el precio que debemos pagar por todo ello y lo que se requiere de nosotros para alinearnos al nivel espiritual. Así, el camino se vuelve cada vez más difícil, ya no tan atractivo, sino más bien repelente, confuso e incluso humillante.
Es el periodo simbolizado por el Maror (hierbas amargas). Y, en verdad, no es fácil atravesarlo porque es como buscar una meta en completa oscuridad, luchar por senderos peligrosos y puentes estrechos, y escalar una montaña hacia el palacio del Rey. Alcanzarlo parece tan probable como lanzar una moneda diminuta desde una gran distancia.
De lo contrario, la meta espiritual pierde su importancia para nuestro deseo egoísta. Vemos cómo muchos que son incapaces de cultivar y desarrollar el sentido de la importancia de la meta espiritual por encima de toda la oscuridad y las dificultades abandonan este camino.
«Solo los héroes», como escribe Baal HaSulam, alcanzan la meta al no ver otra opción ante sí y gracias al Arvut (garantía mutua). Este es el tiempo del amargo Maror. Solo aquellos que se establezcan correctamente desarrollarán un nuevo sistema llamado «fe» en su interior y comenzarán a trabajar en el otorgamiento, desprendidos de su egoísmo. Escaparán del exilio y pisarán la tierra que mana leche y miel.