Si estoy conectado con el Creador y comprendo que Él me envía todos estos estados, puedo regocijarme. Pero si me siento mal, ¿cómo puedo regocijarme al mismo tiempo? Aquí comienza a desarrollarse en nosotros una nueva cualidad. Puedo regocijarme por el hecho de sentirme mal, porque eso demuestra que sigo atado a mi egoísmo.
A medida que siento dolor, empiezo a darme cuenta de lo inmerso que estoy en el egoísmo y de lo mucho que deseo superarlo. Este es un estado intermedio entre el egoísmo y lo espiritual.
En el estado egoísta siento dolor, pero en el estado espiritual siento que me estoy elevando por encima del egoísmo; por lo tanto, experimento alegría por el hecho de que, aunque siento dolor, me estoy elevando por encima de él. Ya desprecio mi egoísmo, deseo desprenderme de él y me encuentro en un estado opuesto al del Faraón: quiero escapar de él. Por eso, me regocijo por las “plagas egipcias” que lo afligen.
Recuerdo que Rabash señalaba su cuerpo y decía: “Déjalo sufrir”. Pero no se trata del sufrimiento autoinfligido de los ascetas que se someten deliberadamente al dolor físico. Se trata de la comprensión de que el egoísmo, en su sufrimiento, te ayuda a liberarte de él.
Esto es una técnica. Por lo tanto, no importa cuánto te explique, la práctica gradual te mostrará cómo se hace.