En estos días, conmemoramos el día del ARI (Isaac Luria Ashkenazi), una persona única, un gran cabalista. El hecho es que la fuerza Superior, la realidad en la que existimos, se revela gradualmente en nuestro mundo. Se reveló por primera vez a una persona llamada Adam, a quien se considera el primer hombre.
De él, esta revelación se transmitió a través de una cadena de cabalistas hasta Abraham, luego a Isaac, Jacob, Moisés, Aarón, José, David, etc. Toda la Torá se revela etapa por etapa, porque nuestro desarrollo es egoísta. De generación en generación, el egoísmo crece, la humanidad evoluciona y, con ella, la Cabalá y los cabalistas se desarrollan.
Antes de Abraham, existían pequeños grupos de cabalistas. Pero Abraham reunió a un grupo numeroso que se desarrolló y se autodenominó el «pueblo de Israel», que significa Yashar-El (directo al Creador). Este grupo experimentó muchos ascensos y descensos en el camino espiritual, sufrió grandes desgarramientos y finalmente entró en el exilio final, es decir, el último descenso espiritual.
El alma del ARI simboliza la salida de este exilio final y el comienzo de la redención, el inicio de la revelación del mundo espiritual, la fuerza Superior, a toda la humanidad. Desde este mundo, podemos comenzar a revelar el mundo del infinito, a conectar los dos polos opuestos de la creación y a pasar de esta vida temporal y transitoria a una vida eterna y perfecta.
El ARI es único porque nos reveló la sabiduría de la Cabalá en su forma completa. En su época, el período del exilio final llegó a su fin, y así se situó en la cima de la revelación del vasto deseo egoísta. Al corregirlo, pudo alcanzar la creación entera y describir esta sabiduría en su totalidad.
Él entendió cómo todas las partes de la creación están conectadas, en qué forma y mediante qué leyes y fórmulas se desarrollan, y cómo nosotros, los seres humanos, las almas humanas, revelamos gradualmente todo esto a medida que progresamos hacia la revelación completa, nuestra corrección final.
Todo esto lo reveló y describió el ARI de una manera que se adapta a la percepción de la persona moderna, a las almas de nuestra generación. Por eso los cabalistas, que comprenden quién fue el ARI, lo tienen en la más alta estima. En verdad, es un alma única.
Baal HaSulam escribe que le faltan palabras para expresar la grandeza del alma extraordinaria del ARI y su contribución al desarrollo de la Cabalá. El ARI nos dejó todas las claves para alcanzar el mundo espiritual. Hoy aún no somos capaces, pero esperamos que algún día lleguemos a comprender su grandeza.
Las claves para alcanzar El verdadero método se encuentra en la Línea Media
Baal HaSulam escribe que se le concedió la inclusión con el alma del ARI (Ibur Neshamá), y que gracias a esto, pudo escribir el comentario Sulam (Escalera) sobre El Libro del Zóhar y El Estudio de las Diez Sefirot, su comentario sobre El Árbol de la Vida (Etz Jaim). Todo esto fue posible gracias a la inclusión del alma del ARI en él, esta alma especial, este deseo único, corregido por el gran cabalista.
Naturalmente, debemos intentar al menos un poco adherirnos a esta alma exaltada. En la medida en que podamos conectar, vincularnos y anularnos ante ella, en esa misma medida, también podremos disfrutar de algo de su luz, y quizás obtener algo de sus revelaciones.
El lenguaje del ARI es absolutamente único: fluido, hermoso, delicado y cercano. Describe cada detalle que explica con la máxima precisión. Y todas sus explicaciones tienen como objetivo principal atraer la Luz circundante para que, a través de este estudio, podamos alcanzar la percepción espiritual.
Así comienza el libro del ARI Etz Jaim (El Árbol de la Vida):
“Mirad, que antes que las emanaciones fueran emanadas
Y las criaturas fueron creadas,
Había una Luz Superior simple que llenaba toda la realidad.
Y no había ningún lugar vacante, tal como aire libre y espacio,
Sino que todo estaba lleno de aquella Luz simple del Ein Sof (Infinidad).
Y no tenía ni principio ni fin,
Sino que todo era una sola Luz simple, balanceada, uniforme e igualitariamente,
Y se llamaba “la Luz del Ein Sof (Luz Infinita)”.
Y cuando a raíz de Su voluntad simple, surgió el deseo de crear los mundos,
Y emanar las emanaciones,
Traer a la luz la perfección de Sus actos, Sus nombres y Sus denominaciones,
Que fue la causa de la creación de los mundos,
Se restringió, entonces, el Infinito, a Sí Mismo, en Su punto medio,
Precisamente en el centro,
Y restringió aquella Luz,
Y se apartó hacia los costados alrededor de ese punto medio.
Y ahí permaneció entonces, un espacio libre, un vacío,
Desde el punto medio mismo.
Y esta restricción fue uniforme,
Alrededor de ese punto vacío,
De manera que aquel espacio
Fuera distribuido uniformemente a su alrededor.
Allá, después de la restricción,
Habiendo permanecido el espacio, libre y vacío…”

