47). Estamos dominados por el deseo egoísta que prioriza el placer que puede recibir y no puede percibir lo que ocurre en el interior de otra persona, esta cualidad se llama orgullo. No es un defecto, es una cualidad que nos fue dada desde arriba.
Si una persona tiene un deseo egoísta fuerte y desarrollado, no siente a los demás. Cuanto más fuerte es su propio deseo, más se encierra en percibir para sí misma.
Una persona no puede sentir a otro, solo considera qué pérdida o ganancia puede obtener de él.
Para sentir lo que sucede en el interior de otro, uno debe salir de sí mismo y estar en el mundo espiritual. No es de extrañar que todos nos sintamos distanciados unos de otros, en nuestro mundo, llamamos a esta característica orgullo.
Pero el verdadero orgullo existe en el mundo espiritual, donde despierta en la persona en relación con el Creador.
Cuando una persona comienza a corregirse, se despierta en ella un deseo especial de recibir que la impulsa a ignorar al Creador, a sentirse superior a Él y a esforzarse por gobernarse a sí misma. Este deseo se manifiesta de diversas formas, contra las cuales la persona recibe diez golpes conocidos como las plagas de Egipto.
No puede rebajar ni humillar su orgullo por sí solo, requiere ayuda especial de lo alto. Cuanto más se humilla uno, revela la grandeza del Creador en ese lugar y más descubre cuán humilde es el Creador.
La humildad es símbolo de perfección. Quien siente alguna carencia y desea llenarse, sentirse poderoso, exige honor, poder y reconocimiento por encima de los demás. Pero si una persona está corregida, es el grado de Biná, solo desea otorgar (Hafetz Jésed). No necesita nada y, por lo tanto, no se evalúa en absoluto en relación con los demás.
Por el contrario, si uno se siente en perfección, desea transmitir esta maravillosa sensación a todos. Al fin y al cabo, hacer el bien es propio de la naturaleza de la buena fuerza y ese mismo deseo de hacer el bien surge en las criaturas cuando adquieren una naturaleza bondadosa.
Esto es lo que nos sucede si logramos revelar la grandeza del Creador, y depende de nosotros, pues el Creador no cambia; solo nosotros cambiamos para poder verlo como grande. Y entonces revelamos en nuestras sensaciones que Él es humilde, porque nosotros mismos nos hemos vuelto iguales. Percibimos todo dentro de nuestras propias cualidades.
Si descubrimos que el Creador es grande, significa que nosotros mismos nos hemos vuelto grandes. Y si revelamos que el Creador es humilde, es señal de que nos hemos vuelto humildes. Así funciona la ley de equivalencia de forma y cómo avanzamos hacia el conocimiento del Creador.